lunes, 10 de marzo de 2014

La obviedad



Algo renace dentro de mí, un alma en pena, un grito apagado. Crece, explota, se retuerce. Duele, por favor duele. Afila sus dientes en mi garganta, rasga, rasguña, rompe pero no desangra. Hay un monstruo dentro de mí, que se clava en mis entrañas, que grita en noches como estas.

Sangre, raudales lentos y escurridizos, que se trasponen, que juntan y lo ensucian todo. Ríos lentos y pulsaciones de muerte, el ritmo de esta danza macabra.

Me susurra penurias y luego ríe en mis lágrimas. Hay un nudo, una herida, un punto, un vacío, un algo. Odio es lo que me recorre, ira, pesadumbre, latidos que retumban en mis oídos. Sangre, nuevamente, suave y metálica.

En estas penumbras mi cuerpo responde, sintoniza aquella voz. En noches como estas mi sangre hierve y se hincha en las venas, me mira desde dentro de mi piel.

Mi mente permanece despierta, tortuosa, y fielmente apegada a la vida.

jueves, 23 de enero de 2014

Monstruos



Esta idea ha rondado todo el día.

Goya sí que tenía la verdad en sus palabras, cada vez me parecen más cercanas, más propias.

La razón sí que produce monstruos dentro de nosotros. Pienso en que todos somos seres humanos primeramente, todos estamos en ese escalón primeramente. Luego somos animales, poseemos alma e instintos. Y finalmente somos seres racionales, dejando nuestros instintos y nuestra concupiscencia en la infancia.

Los humanos nos olvidamos de todo aquello, de toda esa cadena. No somos sólo razón, también somos animales y seres vivos. ¿Cómo podemos olvidarlo? ¿Cómo podemos asesinar libremente parte de nosotros?

La razón nos vuelve asesinos, ciegos. Pienso en gente que asesina seres indefensos por placer, gente que viola los derechos de otros, etc. ¿Cuál será el razonamiento? ¿Qué monstruo, aparte de la razón, estará poseyendo sus mentes con ideas rebuscadas?

Me asusta pensar en este mundo, en toda la porquería que existe, en toda la bazofia que no sale a la luz  y también la que conocemos. Me aterra pensar en el futuro, en la falta de sensibilidad, en esta pérdida de alma constante que tenemos al razonar.

Pienso en este aire asfixiante que respiro, en lo patético que somos al encerrarnos en un espacio tan mínimo, en descuidar nuestros lobos internos, en hablar tanta estupidez superflua  y en caminar como si este mundo nos perteneciera.

No nos permitimos pisar más que cemento, olvidamos de dónde venimos, sentimos que creer nos vuelve vulnerables y nos dejamos llevar por pensamientos ajenos.

Al poseer los tres estados que un ser vivo puede tener, ¿No debiéramos ser más conscientes? ¿No debiéramos estar alineados con la naturaleza? Monstruos, eso es lo que es nuestra mente.

Preguntas absurdas que no llevan ni siquiera a rozar la etapa media de este universo. Preguntas que rebotan en la mortalidad, en la falta de entendimiento.

Me asusta, me da asco...

lunes, 6 de enero de 2014

Santiago


Me gusta el silencio, la falta de voces. Me agrada estar en el vacío, ese espacio sin sonido que me encapsula, me aparta. Puedo escuchar las voces dentro mío, los gritos de mi alma o los susurros reflexivos de mi mente. Soy feliz.

Ojalá pudiese andar por la ciudad temprano, cuando aún muchos duermen, o bien tarde en la noche, cuando los rezagados van a sus casas. En ambas ocasiones, cuando me subo al transporte que me lleva de vuelta, siento el indudable sentimiento de autocomplacencia. El farfullo de Santiago se queda atrás y mi alma vuelve a la tranquilidad.

Miro por la ventana y veo las calles vacías, indolentes, silenciosas. Me sonrío al pensar en la belleza que sale a partir de la falta de gente, incluso la basura luce bella tirada en alguna esquina de la calle. Los faroles rotos, las calles rayadas, las calles sucias, los autos e incluso el pasto. Todo pareciera sumirse en algo abstracto, en un sentimiento de abandono/triunfo.

No hay gente. Nadie grita, no se ve enojo, no hay malestar. Nadie va apurado, ninguno siente la necesidad de empujar. Nadie me apretuja. Todo vuelve al ritmo pausado, va en son a los tambores naturales de la ciudad. Me sonrío al mirarme a mi misma, solitaria, tranquila, feliz.

Recito de memoria lo que se me ocurre en el momento, mi mente está despierta y, aun cuando mi cuerpo desee dormir, hay algo dentro de mí que renace en ese momento. ¿La esperanza? ¿La convicción de algo que no veo? No lo sé.

Santiago me apetece sin gente, sin su ritmo poco convencional frenético, sin sus luces ni su mugre. Esta cuidad me gusta sin la violencia de las palabras, muda...abandonada.





sábado, 26 de octubre de 2013

Está viva



Es una noche silenciosa. Sé que esto que se agarra con exceso de fuerza a mi corazón son sólo sentimientos antiguos, esta herida que nunca cierra. Sé que quizás debiera hacerme más fuerte, quizás llorar, quizás sufrir audiblemente, pero esta noche sólo puedo mirar el cielo, sin estrellas, ver los árboles quietos y las ventanas iluminadas.

No puedo gritarle a la luna ni quejarme con mi estrella, no puedo pedirle a los astros que me hagan desaparecer. No tengo voz, ni siquiera la energía para hacer de estas palabras un texto memorable. No hay nada en mí que indique energía, que diga "está viva".

Esta es la quietud de mis ideas, la tormenta en mi corazón. Escribo, pero ciertamente hay algo muerto dentro de mí, algo muerto que se desliza por mis mejillas; sangre negra que emerge de mis ojos, que brota de mi corazón. Odio, rencor, cansancio.

Cansancio que ciertamente existe, le siento.

Está viva, lo sé.

jueves, 10 de octubre de 2013

Acerca de un pesadilla repetida


Nunca nadie sabe cómo llega a un sueño y, en mi caso de las pesadillas, sólo sé que vengo de algo rutinario y común en mi día. Yo todos los días tomo el metro desde el instituto a casa.

Esta vez quizás no recuerde cómo empezó todo, pero sé que iba en el metro y de repente abren las puertas y siento que ya me debo bajar. La estación del metro, de repente, se me hace ajena. Miro el metro para saber si por lo menos realmente iba en un metro. Cuando me doy vuelta me percato que iba en un tren antiguo y que había llegado a una estación de trenes dorada.

El anden caía como resbalín hacia abajo y se entrecruzaba. El piso era de madera brillante y pulida en exceso y, sin moverme aún, veía cómo la gente se resbalaba y comenzaba a deslizarse hacia abajo. Algunos chocaban con otras personas y otros simplemente desaparecían. Yo llevaba mi mochila en la espalda y me la saqué. Decidí que, para evitar caerme mas adelante, lo mejor sería sentarme y deslizarme. Me puse la mochila arriba de las piernas y comencé a descender rápidamente por el andén.

Veía que mucha gente que estaba de pie tenía en sus zapatos restos de cosas. Algunos tenía bolsos rotos, libros, ropa enrollada  y yo pasaba por el lado mirando atentamente. En un momento siento que mi mochila se resbala de mis manos y veo cómo empieza a caer rápidamente por el anden. A pesar de haber muchas personas detenidas de pie, mi mochila no chocó en ninguna. Sin pensarlo mucho me impulse y decidí tomar más velocidad.

Me percato que ahora en los pies de la gente yacen enrollados cuerpos de personas que chocaban. Tras el impacto siento miedo e intento frenar, pero no lo consigo y al siguiente momento me estrello contra una persona de aspecto cadavérico que estaba a un lado del anden acostado. Era un anciano grande y huesudo con aspecto moribundo. Al momento del impacto mi cuerpo queda enrollado en el de él.

Cuando intento liberarme el moribundo abrió unos ojos gigantes y me miró fijo. Yo aterrada intento separarme de él.

Cada vez que intentaba levantarme del piso me resbalaba y sentía que mis piernas fallaban. Me arrastré entonces hacia el borde del anden y me levanté.

Con el corazón oprimido y asustado intenté subir nuevamente. El piso de madera brillaba en ascenso como una pared imposible de traspasar. Daba tres pasos y volvía a resbalar, veía mi cara en el piso y ciertamente no era yo, no era mi cuerpo, no era mi ropa. Quería salir. Me levantaba una vez más y observaba el anden.

En los bordes habían empotrados mausoleos y las paredes eran como de cementerio. Había muchas estatuas que se desparramaban en el anden hacia abajo. Estatuas de gente en pie que miraba hacia los rieles del tren. Un tren de madera llegaba y tiraba en el anden cadáveres que yacían de maneras amorfas junto a las estatuas plomas.

Decido afirmarme de la pared para subir y comienzo una cansadora escalada. Camino y camino y sé que no debo detenerme.

No me detuve más.


jueves, 4 de julio de 2013

Siempre

La soberbia, en este caso, me posee. Utilizar el término "siempre", es para mí, un exceso de confianza, un exceso de exaltación. Nadie es eterno y siempre es una palabra aterradora. Por siempre, para siempre...

Yo siempre deseo todo. Siempre quiero saberlo todo, incluso cuando duele, incluso cuando mata. Me sonrío y el sonido crudo de esa risa es la evocación del conocimiento que siempre deseo tener. Sería tan fácil negar, sería tan simple decir que ya no deseo recordar nada, ¿Pero es así? sobre mí pesan las culpas, las palabras hirientes, los engaños, los silencios dedicados y el cinismo de un alma asustada.

Siempre me da miedo, la palabra, el símbolo o el conjunto de letras e imágenes, no lo sé. Siempre me hiere, aparta de mí la tranquilidad y sólo está el conocimiento a medias que me angustia. Lo sé, la soberbia me corroe, quisiera que mi alma mutara con esa palabra: siempre. La eternidad es abrumadora, una vida eterna se me es difìcil de concebir. Es esta tristeza, esta pena eterna en mí que inflama mis venas. Es sangre, sucia sangre que hierve pidiéndome salir.

Esto es eterno, absurdamente e ilógicamente eterno.

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