lunes, 6 de enero de 2014

Santiago


Me gusta el silencio, la falta de voces. Me agrada estar en el vacío, ese espacio sin sonido que me encapsula, me aparta. Puedo escuchar las voces dentro mío, los gritos de mi alma o los susurros reflexivos de mi mente. Soy feliz.

Ojalá pudiese andar por la ciudad temprano, cuando aún muchos duermen, o bien tarde en la noche, cuando los rezagados van a sus casas. En ambas ocasiones, cuando me subo al transporte que me lleva de vuelta, siento el indudable sentimiento de autocomplacencia. El farfullo de Santiago se queda atrás y mi alma vuelve a la tranquilidad.

Miro por la ventana y veo las calles vacías, indolentes, silenciosas. Me sonrío al pensar en la belleza que sale a partir de la falta de gente, incluso la basura luce bella tirada en alguna esquina de la calle. Los faroles rotos, las calles rayadas, las calles sucias, los autos e incluso el pasto. Todo pareciera sumirse en algo abstracto, en un sentimiento de abandono/triunfo.

No hay gente. Nadie grita, no se ve enojo, no hay malestar. Nadie me apretuja. Todo vuelve al ritmo pausado, va en son a los tambores naturales de la ciudad. Me sonrío al mirarme a mi misma, solitaria, tranquila, feliz.

Recito de memoria lo que se me ocurre en el momento, mi mente está despierta y, aun cuando mi cuerpo desee dormir, hay algo dentro de mí que renace en ese momento ¿La esperanza? ¿La convicción de algo que no veo? No lo sé.

Santiago me apetece sin gente, sin su ritmo poco convencional frenético, sin sus luces ni su mugre. Esta cuidad me gusta sin la violencia de las palabras, muda...abandonada.





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