viernes, 15 de febrero de 2013

Esta vieja herida...



El aullido insoportable de esta pena me recorre una vez más. Camina rápido hinchando tentativamente mis venas, le siento sonreír en mis ojos al sentir mi boca seca, llena de esta sed de sufrimiento mío. La pena me asedia, abre con prontitud la vieja herida dormida y, con la contrariedad de mis ansias, le disfruto con pavor.
No hay sangre, sólo el líquido metálico de un alma sin rumbo, el sonido vacío de hierro duro castigado y sin moldear. Es esta herida me repito, que me arde en la garganta, este grito que ahogo con todas mis fuerzas, las palabras que nadie dijo y sin embargo mi recuerdo las repite. Llaga sin punto fijo que guardo, que me guarda, sin descanso y sin perdón.
Es la conciencia de esta pena eterna, que nunca me atacó, que siempre estuvo allí. He de saber, antes de olvidar una vez más, ¿cuánto durará esta vez la idea de ser feliz? ¿Cuánto tiempo olvidaré que yo soy esa pena, que no hay separación…que es imposible sanar?
Todas mis conclusiones se deforman en mis ojos, lo sé, pues es ahí donde el monstruo carcome la realidad y la presenta grosera, sin la formalidad de la verdad. Son mis ojos, y me duele, los que sin un pestañeo intentan encontrar a alguien que los magnifique un poco y me salve de la roña que me llena. Estos ojos, que con dolor consumen una y otra vez ese algo que jamás tendré. ¡Mis amados ojos! que adoloridos desean ser vaciados de la monstruosidad de la vida.
No hay delicia en este odio, sólo el banal placer de escribirlo.

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