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viernes, 10 de agosto de 2012
Está bien
Se postran los rostros cansados, somnolientos, de seres invisibles en los árboles. Sus pequeñas voces se silencian por unos instantes entre la oscuridad y el frío, se acurrucan entre matorrales y el viento gélido pasa por entre ellos. No tiemblan, no se despiertan, quedan quietos sus cuerpos como si de estatuas se tratase. No tiemblan...no despiertan.
Mueren, permutan en la noche inútil y renacen en la cordillera. Nuestra pared que delinea el cielo en el este, que intenta acunar la luna y alcanzar las estrellas. Es nieve, supongo, o una simple franja albina entre el cielo santiaguino y la tierra Chilena.
Luz. Amanecer. La vida vuelve a cubrir con luz azulada las cosas, blanca y azulada, y antes de pensarlo el ocre comienza a teñir las hojas. No ocre, dorado que no me deja mirar otra cosa. Dorado altanero. Luz perfecta que da forma a todo cuanto se esparció en la noche, tinieblas que formaban los cuerpos oscuros o cuerpos oscuros que no eran más que pesadillas al otro día.
El plumaje vuelve a ser diurno, el detalle de sus cabecillas diminutas y sin errores se deja ver entre aquel festín mañanero. Miran desde lo alto las casas, los departamentos y llegan más alto: cielo, claridad y finalmente sol. Sus alas se extienden y el sueño incumplido de todo humano está ahí, vuelan y cantan canciones que a mis oídos no es música, no es composición, es instinto: es un gemido por la vida.
domingo, 28 de febrero de 2010
Luz de Chile- Gabriela Mistral
¿Qué tendrán las piedras pardas y los pedriscos y el légamo que al más cascado lo llevan alácrito de ardimiento? Es como que el Valle hace de camino y de viajero y nos lleva liberados de jornada y de aceceo. La luz viva travesea a donaire y devaneo y da mirada de amante rica de descubrimientos. Prendidos a lo que amamos vistas ni aromas perdemos y por la luz que tuvimos de muertos seguimos viendo. Hermana loca la Ruta, Madre Luz y Padre el Viento, y tu Norte aventurero no me faltéis que voy sola con un huemul y un pergenio. Lleva un lindo trotecito el ciervo en Abel contento y el Valle se nos anima de sus locos corcoveos. Por fin la sonrisa sube al indio en corto chispeo y a los tres ya no les pesa el mundo que recibieron. La luz del Valle Central es la que nos da ardimiento, hace ver el maizal en muchachada que danza y las melgas de frijoles son un baile de muchachas. Ella muda el nisperal en cargazón de luceros; de la higuera hace matrona inmóvil por regadora; de cada piedra hace otra que es Reina y camina
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