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sábado, 26 de octubre de 2013

Está viva



Es una noche silenciosa. Sé que esto que se agarra con exceso de fuerza a mi corazón son sólo sentimientos antiguos, esta herida que nunca cierra. Sé que quizás debiera hacerme más fuerte, quizás llorar, quizás sufrir audiblemente, pero esta noche sólo puedo mirar el cielo, sin estrellas, ver los árboles quietos y las ventanas iluminadas.

No puedo gritarle a la luna ni quejarme con mi estrella, no puedo pedirle a los astros que me hagan desaparecer. No tengo voz, ni siquiera la energía para hacer de estas palabras un texto memorable. No hay nada en mí que indique energía, que diga "está viva".

Esta es la quietud de mis ideas, la tormenta en mi corazón. Escribo, pero ciertamente hay algo muerto dentro de mí, algo muerto que se desliza por mis mejillas; sangre negra que emerge de mis ojos, que brota de mi corazón. Odio, rencor, cansancio.

Cansancio que ciertamente existe, le siento.

Está viva, lo sé.

viernes, 15 de febrero de 2013

Esta vieja herida...



El aullido insoportable de esta pena me recorre una vez más. Camina rápido hinchando tentativamente mis venas, le siento sonreír en mis ojos al sentir mi boca seca, llena de esta sed de sufrimiento mío. La pena me asedia, abre con prontitud la vieja herida dormida y, con la contrariedad de mis ansias, le disfruto con pavor.
No hay sangre, sólo el líquido metálico de un alma sin rumbo, el sonido vacío de hierro duro castigado y sin moldear. Es esta herida me repito, que me arde en la garganta, este grito que ahogo con todas mis fuerzas, las palabras que nadie dijo y sin embargo mi recuerdo las repite. Llaga sin punto fijo que guardo, que me guarda, sin descanso y sin perdón.
Es la conciencia de esta pena eterna, que nunca me atacó, que siempre estuvo allí. He de saber, antes de olvidar una vez más, ¿cuánto durará esta vez la idea de ser feliz? ¿Cuánto tiempo olvidaré que yo soy esa pena, que no hay separación…que es imposible sanar?
Todas mis conclusiones se deforman en mis ojos, lo sé, pues es ahí donde el monstruo carcome la realidad y la presenta grosera, sin la formalidad de la verdad. Son mis ojos, y me duele, los que sin un pestañeo intentan encontrar a alguien que los magnifique un poco y me salve de la roña que me llena. Estos ojos, que con dolor consumen una y otra vez ese algo que jamás tendré. ¡Mis amados ojos! que adoloridos desean ser vaciados de la monstruosidad de la vida.
No hay delicia en este odio, sólo el banal placer de escribirlo.

viernes, 25 de enero de 2013



El odio habita en mis ojos, tras bastidores y sin ser notado por extraños. Sucumbe al escuchar desconocidos residiendo mi mirada y reaparece ahora. Tortuoso me susurra armonías sombrías y mis ideas fúnebres reviven del polvo, danzan lúgubres, aterradoramente vívidas hacia mí. Me vomitaría a mí misma, mi odio se repudia así como mi alma repudia mi cuerpo. No hay paz en los silencios, sólo poesía que no debiera salir jamás…

Este es mi odio, ahora, ardiendo en las cicatrices que tanto deseo olvidar en compañía de otros. Agente que en las sombras de mi propio reflejo me ataca, me marca la piel como señal de pertenencia. Aquel odio me habita en los recuerdos, me posee en noches como estas y creo ser el licántropo sin luna para vivir, el aullido solitario que se escucha con temor, el monstruo natural que ataca…que envenena.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Repetidas veces


Mis pesadillas son irreales, son hechos o lugares que no existen; son acciones no vistas e incoherencias imposibles. Nada existe ahí. Voces, gritos, palabras, rasguños...nada. El terror de la razón al despertar es lo que me dice esto.

Sin embargo se sienten así, aterradoras desde arriba, reales mientras mantengo los ojos cerrados y amenazadoras en el momento de su nacimiento.

Esta fue una pesadilla que se me repitió una semana entera y que ya no se va de mi cabeza. Era la altura, nauseas; eran las personas abajo. Era yo, sentada arriba intentando equilibrarme.

Tenía la boca encintada y sólo podía ver. Yo me había encintado la boca al subir y no recordaba mi decisión, no se me venía a la memoria el recuerdo concreto sino sólo el sabor a pegamento en mi lengua.

Era la altura, abrumadoramente exagerada. Me veía a mi misma pendiendo de cadenas. Veía abajo y no recordaba mi decisión sobre las cadenas, no entendía cómo despierta había tomado la determinación de colgarme en altura y amarrarme la boca para no gritar.

Sabía que esas cosas las había hecho despierta, con los ojos puestos en la luz y con la mirada en mi propia conciencia. Me había encerrado, aislado, encadenado y silenciado. En mi pesadilla lo sentía así, como la traición de la razón una vez más dentro de mis sueños.

Despertaba al cortar las cadenas. Era el golpe en el polvo, en el suelo helado, glacial. Era mi mandíbula rota, desparramada. Era mi cuerpo desarmado y el miedo circulando por mis venas libre...irreverentemente libre.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Alma



Todo cae al final.
Cuepos pesados que desfallecen invisibles
o simplemente gravedad agolpándose en nuestras cabezas.
El alma pesa demasiado, piensa mi cuerpo,
cae rendida a la tierra infinita
y no resiste más silencios absurdos.
Caemos, juntas,
como aquel abrazo fundido en hierro;
sin espacio, sin remordimiento,
sin perdón.

domingo, 19 de agosto de 2012

El arte es largo y el tiempo corto




Vergüenza, es ese silencio amargo que se posa en mi garganta, de vivir supongo o de mirar mi reflejo en las paredes luminosas. Abro mis ojos y los obligo a mirar la caricatura absurda de mi misma en el espejo, rostro tormentoso que guarda mis secretos.

Desvío mi mirada de beldades que caminan a la luz del día, con fascinación observo el fetiche destinado a la belleza de la gente. Algo bello es algo que no es impuesto por nadie, lo particular, lo excepcional: es el rasgo único de la costumbre visual. Percepción. Miro con mi sonrisa que se esfuma, aquella que se torna amarga y sigo sin entender.

Observo sus rostros armónicos, cabellos lacios o sus cuerpos proporcionados. Mantengo mi sonrisa para escuchar el comentario. Lo bello no es sino promesa de la felicidad, dijo una vez alguien con una verdad que ni los poetas en su fundación se atrevieron a decir tan directamente. Lo bello, lo sublime de aquel presente que todo hombre ve.

Veo y escucho de mujeres hermosas, de presencias angelicales que crean pausas en las realidades visuales de la ciudad. No me puedo sonreír ante el fetiche a lo bello general, a quienes fueron musas de artistas que jamás se adaptaron a la modernidad. Puedo mirar con alegría insana hasta cierto punto y con profunda tristeza por el otro.

No todas las féminas nacimos para inspirar, para ser musas de la belleza sublime ni tampoco para ser observadas. Solitario papel juegan algunas, mirando con angustia y vergüenza la admiración que se produce por otras; admiración que invade a quienes quieren, a ese alguien que debiera mirarlas como la belleza particular que son. Absurdos juegos de palabras, absurdos presentes, absurda sociedad.

Quisiera hablar de mi caso, pues al ser estas mis palabras, me es imposible no sentir vergüenza. Lo reconozco, con el corazón contrito, pues como lo dije al principio, el espejo para mí es una mala forma de mostrar mis defectos. En cuanto me paro en frente me es imposible no pensar en las musas renacentistas o en aquel brindis por la belleza que nunca creí tener. No la tengo. Me es imposible, a su vez, que no me duela escuchar o ver la admiración por lo general...por aquellas poesías y múltiples expresiones de arte que nos han inculcado aquel gusto monstruosamente recriminatorio de nuestros padres occidentales, aquel parasitismo por las ideas ajenas.

Me detesto entonces, porque no soy capaz de eliminar por completo esa parte de mí. Esos recuerdos angustiosos donde me recriminaba, donde otros se burlaban por mi falta de belleza clásica, por mi falta de belleza en absoluto. Las palabras quedaron ahí, astillosas, recordándole al reflejo de mi cara que aquellos rasgos jamás inspirarán nada, ni siquiera un amor.

Y sin embargo Baudelaire se mantiene en mí, con sus beldades poco convencionales y con sus versos a la belleza moderna. Siguen sus palabras ahí, dedicadas a una percepción que trasciende más allá de la vida cotidiana en la ciudad. Ojos que vieron el mundo en otros colores, que pintaron con pasión las curvas imperfectas de una mujer y supieron ansiar el toque hermoso de un ser, de un individuo particular a la vez...de aquella belleza pura que jamás podremos describir.

El arte es largo y el tiempo corto.

viernes, 10 de agosto de 2012

Está bien


Se postran los rostros cansados, somnolientos, de seres invisibles en los árboles. Sus pequeñas voces se silencian por unos instantes entre la oscuridad y el frío, se acurrucan entre matorrales y el viento gélido pasa por entre ellos. No tiemblan, no se despiertan, quedan quietos sus cuerpos como si de estatuas se tratase. No tiemblan...no despiertan.

Mueren, permutan en la noche inútil y renacen en la cordillera. Nuestra pared que delinea el cielo en el este, que intenta acunar la luna y alcanzar las estrellas. Es nieve, supongo, o una simple franja albina entre el cielo santiaguino y la tierra Chilena.

Luz. Amanecer. La vida vuelve a cubrir con luz azulada las cosas, blanca y azulada, y antes de pensarlo el ocre comienza a teñir las hojas. No ocre, dorado que no me deja mirar otra cosa. Dorado altanero. Luz perfecta que da forma a todo cuanto se esparció en la noche, tinieblas que formaban los cuerpos oscuros o cuerpos oscuros que no eran más que pesadillas al otro día.

El plumaje vuelve a ser diurno, el detalle de sus cabecillas diminutas y sin errores se deja ver entre aquel festín mañanero. Miran desde lo alto las casas, los departamentos y llegan más alto: cielo, claridad y finalmente sol. Sus alas se extienden y el sueño incumplido de todo humano está ahí, vuelan y cantan canciones que a mis oídos no es música, no es composición, es instinto: es un gemido por la vida.




lunes, 25 de junio de 2012

III



Dicen que los versos hablan vidas,
pues mi silencio es la estrofa favorita,
el tiempo intermedio en el compás,
aquella astilla enterrada,
el nudo tormentoso del recuerdo,
este dolor que no se me va...

Mi corazón agoniza entre las olas,
marginado se revuelca en el salar...
Rasga el papel con desesperación
¿Será acaso ésto una frase de humillación final?
Pues De verso en verso,
de lágrima en grito;
de llantos en saltos,
es un acertijo que ya no logré descifrar
—mis tiempos mal nacidos
o malnacida soy en el tiempo—
Dicen que los versos hablan vidas,
te lo digo, este es mi verso en tus oídos,
esta es mi lengua escondida,
estos son mis llantos perennes.
Este está es mi mudez, repito como siempre,
una inexistencia interrumpida,
sonidos de ángeles en oídos humanos:
Mi tristeza, sucia e indeseable,
gritos que no salen, palabras que no se escriben,
"socorros" que jamás se encendieron...
mi corazón encerrado en el vacío,
entre dos cuerpos unidos,
entre carnes que no se separarán jamás.

sábado, 23 de junio de 2012

Una conversación












Sentada como estoy, un tanto adolorida,
Todo pasa y La Nada se deleita.
Y La Tristeza ríe, tal y cual lo hace todo el mundo.

Sentada como estoy, lloro.
Llorando me encontré con mis ideas,
Me reencontré con ellas.
Tonta, me digo mi misma,
porque tonta soy.

Hoy siento que me falta algo más,
Algo más que tus labios sobre mi cuerpo,
Algo más que tus manos,
Te necesito a ti, completamente.

Sentada como estoy miro sin mirar,
Respiro y te siento aquí conmigo.
Hoy siento que me hace falta algo más que La Felicidad,
Me haces falta tú, tu cuerpo en mí,
Tú alma justo dentro de la mía.





Aunque mi cuerpo se diluya en la sal de la distancia
siempre estoy.
Soy el hombre que una vez, 
hace un minuto, una paz 
o algún milenio, 
cabalgó sin respeto en tu cintura, 
el que nunca se fue de tus mejillas, 
el que juraba amarte y no te amaba 
y reía de tu amor a tus espaldas. 
Y cuando arrancaste de tus córneas telarañas 
y lo viste, 
y supiste de repente
que una lágrima, un secreto o un silencio
era mucho para él, 
se fue de bruces 
se le hicieron socavones en el alma 
y se ató a tu piel como una lapa, 
para estar en tu sed, en tu garganta, 
en tus ansias, tus huellas 
o el cadalso. 
No fui tu paz, fui tu martirio 
fui el cántaro añorado 
del que sólo salía vino agrio. 
Y volvería a tu lado si llamaras, 
aunque sea un minuto, 
aunque sea a ponerte 
telarañas 
en los pliegues de tu cama.










Y aún así me faltas, repito una vez más.
Me falta esa yaga perenne
Esa sonrisa socarrona,
Ese sonido,
Tu voz en mi silencio.
Soy estúpida, digo ahora,
con menos respeto hacia mí misma,
Con menos alma,
Con menos júbilo.
Si he puesto mi piel sobre tus manos,
Si he creado afonías de fruición,
Y con todo aquello,
He creado tu recuerdo,
Te he soñado mío,
Lo siento mucho,
Extraño mío.
Lo sé ahora,
¿Fuiste tú quién,
Famélicamente acariciaba mi boca
Y sin reproche alguno me llevabas
de ida pero no de vuelta a orión?
¿Fuiste tú, falsamente,
quien con descaro decía
“hasta pronto mi amor”?

Oh, pero te siento tan mío,
Tan profundamente de mi propiedad,
Tan dentro entre mi carne,
Atorado en un gemido justo en mi garganta,
O simplemente en mi respirar.
Me haces falta,
Digo finalmente,
Sin orgullo ni represión,
Y aun así no te llamo,
No te hablo ni te pienso…
Porque no quiero tu lástima,
No quiero tus pensamientos:
Sólo tu cuerpo en fricción con el mío,
Sólo ese enlace triste,
Triste y final...




Y sin embargo me fui antes,
cuando aún habitaba tus retinas,
cuando aún escuchaba tus jadeos 
y en tu boca palpitaba. 
Y guardaste mis contornos en la arena humedecida 
antes que el mar previsible me tragara, 
y en las copas de los árboles soplara mi recuerdo, 
pues mi cuerpo entre tus brazos renacía. 
Y mi espada cambió 
las batallas por tu vaina, 
mi espíritu en tu aroma halló su templo, 
pero igual me salieron 
golondrinas en las manos,
te di un beso fugaz mientras dormías,
cargué mis horizontes, 
y abroquelo confines desde entonces.  Y sin embargo no supe
hasta después de desojar mis ligaduras 
que no quiero otros labios, 
no quiero otro destino, 
que me sobra el mundo y me falta tu presencia, 
que la gloria y la alegría 
de amanecer a tu lado 
no la suplen ni los soles 
ni más soles ni más soles 
que se puedan repetir cuando los miro 
solitario 












Oh, amor mío, repito sin reprocharme ahora.
¿Qué final anterior fue el que nos unió en cuerpo y sangre?
¿Habrá sido aquella penetrante luz en tu interior,
O sólo el tacto dentro de mi alma?
¿Habrán sido los interminables finales explosivos,
donde tu alma y mi alma bailaban sin reclamo
Justo dentro de el farol?
No lo sé...
Sólo queda el recuerdo.
Te repito desde lejos
Y sólo en mis palabras estoy yo,
Sólo en estos versos te puedo mirar,
Te puedo tocar,
Te siento aquí,
O allá...
Te siento, digo en un ronroneo pacífico.
Dentro mío, agrego
En aquella caricia húmeda ...












*Voz masculina de Marcelo :)


jueves, 31 de mayo de 2012

Un día en el andén





Yo no sé porqué sucedió, quizás por un exceso de palabras mal dichas y por un exceso de control de sentimientos en contra.

Hay días en que soy tan feliz, que cuando llega la noche sé que es hora de volver al mismo problema de siempre. Es en esos días de caída cuando me siento absolutamente sin nada, como si lo segundo arrebatase mi felicidad y aquellas ideas de plenitud no hubiesen existido jamás.

Eso me pasó hoy, cuando regresaba a casa. Una llamada bastó para que volviese al mismo pozo de donde había logrado escalar. Caí entre las paredes y golpeé mis brazos, mis piernas ante la estreches de aquel lugar. Las piedras que construyen aquel pozo, porque no hay otra figura física que pueda definir mi lugar inicial, se van ampliando hasta el final, dejándome inmovilizada en el agua fría. Conozco ese lugar, conozco esas piedras que intento escalar cada vez, y conozco el dolor de la caída.

El agua se siente más fría cuando vuelvo, como si el calor del sol me recordase que el subterráneo oscuro al que caigo no es mi lugar. Lo sé ahora, pues antes sólo me dedicaba a decir “no hace frío”, intentando sin fuerzas que mis dientes no castañeasen y la desesperación no llegase tan rápido a mi cuerpo—si lograba mantenerme en calma entonces podía flotar en el agua días, meses o años sin ahogarme y aquel pensamiento lo era todo. Contrólate y controlarás el frío.

Sentí que caí y sentí las nauseas inevitables. Me senté en las sillas del andén del metro, esperando el tren que me llevase a casa. Las ideas llegaban a mi cabeza, las palabras dichas alborotaban mis lágrimas y sin siquiera planificarlo comencé a llorar.

Aprendí que llorar fuerte y tendido ante la idea del pozo no sirve de nada, es más simple dejar salir lágrimas sin rostro de aflicción y sin desesperación.

Pero no pude hacerlo.

Lágrimas salieron y luego sollozos. Intentaba cubrir aquella aflicción, pues bajar al pozo por la cuerda es diferente a arrojarse hasta reventarse en el agua.

No me importó la caída, ni los dolores que después vendrían, ni el resentimiento a volver a sonreír. Sentí que era lo correcto en ese caso, pues la satisfacción de volver a huir sería suficiente para mí. Muchas veces me he mirado al espejo y he comprobado con renuencia que mi rostro no refleja el alma turbada que llevo dentro, no refleja el asco por la debilidad y la sumisión.

Quizás pasó más tiempo del que debía y quizás mis miradas trémulas hacia el tren fueron interpretadas del modo equivocado. No deseaba suicidarme. La muerte culposa es indefinida, es certera y demasiado larga para mí. El suicidio dejó de ser parte de mis planes desde hace años, pues aprendí que es dormirse dentro del agua helada, congelándome ¿Qué parte buena tiene ese plan comparado con la luz solar y el calor exterior?

Alguien se me acercó. Limpié mis ojos y comprobé que era uno de los guardias del metro. Me volví a limpiar los ojos e intenté ensayar mi mejor sonrisa de “estaré bien”, mueca que se desfiguró en mi rostro y sólo quedó la aflicción inicial.

—¿Puedo ayudarte?—me preguntó la voz femenina mientras se sentaba al lado mío.

Yo la miré nuevamente e intenté decir que ya estaba mejor, pero las palabras no se modularon en mi boa y sólo salió un tartamudeo.

—¿Me puedo sentar?—dijo ya sentada.

Me sonreí y aquel atisbo de alivio me secó las lágrimas por un rato.

—Yo..yo voy ha estar bien—murmuré, balbuceé, tartamudeé contra las lágrimas.

Sentí su mirada en mí, la lástima terrible que debí darle y me sentí débil. Me recriminé, ¿Por qué no podía simplemente fortalecerme? Cada vez que terminaba de escalar me juraba a mi misma que nada me haría volver, que nadie me obligaría a entrar...y allí estaba nuevamente.

—Estuve viéndote por la cámara de seguridad—comenzó diciendo—, que no paraste de llorar en un buen rato—me dijo—. ¿Estás bien?

La miré con vergüenza, como si hubiese hecho algo malo. Quizás me sonrojé de enojo contra mi misma.

—Lo siento—dije despacito, como ese tic maniaco de decir “lo siento” cuando algo va mal por mi culpa.

—¿Quieres agua?—me preguntó cambiando de tema.

—Preferiría quedarme en el andén, me gusta mirar como pasan los trenes—le dije sin pensar mucho que podía ser mal interpretada.

Me miró con las palabras en los ojos, con el reproche que no salió de su boca. Las lágrimas salían aun de mis ojos, sin querer mío pero sí con el de mi alma.

—Vamos—dijo mientras se paraba con una sonrisa—, tomas agua y te devuelvo acá mismo.

Acepté, para que se diese cuenta que no quería tirarme a la linea del tren...no estaba en mis intenciones en lo absoluto. Me levanté y me mareé. Olvidé por un segundo dónde estaba y quién tenía mi brazo, se sintió en el paraíso. Caminé con ella en silencio hasta las escaleras.

—¿Qué pasó?—preguntó cuando salimos a la boletería del metro. Yo bajé el rostro y mordí mis labios más fuerte—si quieres puedes contarme, de vez en cuando desahogarte con un desconocido es bueno—agregó mientras buscaba a su jefe.

Me mordía los labios para dejar de llorar, pues había gente arriba, mucha gente.

—¿Y qué te pasó, niña?—me preguntó una voz masculina con cierto cariño y cuidado.

—Algunas problemas—dije sin mucha lógica, como si las palabras no saliesen de mi boca.

—¿Problemas en la universidad?—me dijo.

—También—le dije yo, sin poder decir mucho más.

Hizo un ruido con su boca. Un bufido.

—¿Cuántos años tienes?—me preguntó.

—20—murmuré intentando componer una sonrisa.

—¡Tan joven y con esa carita de pena!—me dijo—tienes otros 40 años para estudiar, trabajar y sacarte la cresta para mantenerte en esta vida—agregó como consuelo.

Yo sólo lo miré y sonreí.

—Aparte, mañana es viernes—dijo—. Sale con tus amigos, carretea un poco, vive—sugirió y aquella idea me hizo pensar en mi casa.

No deseaba volver. La idea de que fuese viernes me traía a la cabeza la depresión que siento cada viernes en la noche, se me viene al recuerdo cada noche de viernes que he pasado llorando (y en peores circunstancias) por algo que no puedo controlar. Mi sonrisa se borró de nuevo y las lágrimas comenzaron a aflorar. Bajé de mi rostro y mordí mis labios para no sollozar.

Se dijeron algo entre ambos, palabras que no quise escuchar.

—Vamos a tomar agüita—me dijo la guardia mientras volvía a tomar mi brazo.

Subí las escaleras y llegué a una puerta cerrada. Antes de entrar se detuvo.

—Hace 3 años que saqué mi cuarto medio—me dijo—¿Cuántos años crees que tengo?—Me preguntó con una sonrisa.

—¿Treinta y algo?—dudé mirando su cara. Se veía sonriente.

—40 años—Contestó—. Tomé muy malas decisiones en mi vida, pero en ningún momento me rendí.

Y aquellas palabras se me quedaron. Abrió la puerta entonces.

—Entra en éste—me dijo mientras abría la segunda puerta—. Puedes tomar agua, llorar, quedarte aquí hasta que te sientas mejor pero no cierres la puerta con llave—agregó—. Estaré acá afuera cualquier cosa.

Un gran espejo cubría el baño y evadí mi reflejo como siempre. Me senté en el piso y tiré mi cartera a un lado. Me abracé y lloré como no lo hacía hace años, desde los siete quizás, cuando los sollozos fuertes no me importaban. No necesitaba de nada que ahogase el ruido, ni de la preocupación de que alguien me oyese.

Al rato comencé a trazar mi plan de escape. Cómo salir de aquel pozo, cómo dejar de sentir ese frío terrible que se me colaba por la espalda. Las lágrimas desaparecieron y me levanté.

Abrí la llave de agua y tomé un poco, mojé mis ojos hinchados y entonces en ese momento me decidí a mirarme al espejo. Supe que ese era el reflejo real de mi alma. Recordé con tristeza el placer bizarro que sentía al verme así, ¿dónde había quedado la auto compasión?

Salí del baño y ahí estaba ella.

—Ya me siento mejor—le dije con una sonrisa muy cierta.

—¿Viste? Te ves más linda cuando sonríes—me dijo mientras salía y salíamos nuevamente al caos de afuera.

Yo sólo sonreí y la seguí entre la gente. Me dijo que la esperara en la entrada mientras le iba a avisar a su jefe que iba a dejarme al andén de vuelta. Lo hizo y abrió la puerta para encaminarme.

El andén estaba vacío, ni si quiera una persona esperaba el metro. Me sonrió y comenzó a hablarme de nuevo.

—Sabes, tengo una hija de 23 años. No quiso hacer la media y quedó embarazada. Se casó y ahora vive arrepentida por sólo tener octavo básico—algo en su voz me decía que la tristeza la invadía al hablar de su hija mayor—Más encima, tengo una chica de 17, también quedó embarazada—dijo con cierta frustración—. Cuando tenía tu edad tuve a mi primera hija y me hubiese encantado poder darle lo mejor a ella, haberle dicho que mi ejemplo no era el mejor...que no tenía que tomar el camino fácil...

La miré y sentí que las fuerzas de nuevo llegaban, quizás escalar no sería tan lento esta vez.

—pero no me hizo caso. Las decisiones fáciles tienen peores consecuencias, lo supe desde chica y me hubiese encantado estar haciendo algo más que esto. Pero acá estoy, esforzándome por seguir cada día.

Volví a mirarla y el andén se acababa ya.

—Yo nací con este defecto llorón—le dije sin tartamudear—, pero me esfuerzo por seguir porque sé que no todo en la vida es lágrimas—agregué—. Y si mi familia no me entiende, entonces quizás deba hacerme más fuerte y aguantar—Y aquello último se quedó en mi cabeza.

El tren comenzaba a llegar y la miré. Parecía ser alguien tan feliz. Quise decir qué era lo que me problematizaba tanto, qué era lo que me hacía llorar, pero las palabras no salieron...como no salen nunca.

El tren se detuvo y la miré por última vez.

—Gracias—le dije con una emoción que iba más allá de la gratitud por el agua.

—Cualquier cosa, ando por acá—me dijo y se despidió de un beso.

Gracias repetí en mi cabeza mirándola, como si algo de ella me hubiese dado la fuerza para llegar a casa.

domingo, 8 de abril de 2012

Ojos




Las manchas en mis ojos no son más que pedazos de oscuridad poseyendo mi vista, defino ahora sin tapujo alguno.

Las he contemplado hoy frente a un espejo, segundos interminables en los cuales no dejaba de mirarlas e incriminarlas en silencio. Pequeñas gotas oscuras de palabras no dichas y de lágrimas que se secaron ahí, que se extinguieron al nacer...mares muertos en cinismo premeditado.

Las veo ahora, arraigándose con fuerza a mis dolores; pujan y pujan con sus pequeños filos; extraen...extraen sin cuidado alguno las puertas, las cadenas, los candados y cualquier seguro puesto ahí por mí, para mí. Les veo entonces incitando mis llantos, presionando mis lagrimales y carcomiendo mis párpados.

Siento el asco de la vida subiendo, trepando por mis entrañas hasta llegar a la cumbre de los martirios, la compuerta de toda alma marchita. Entonces mis ojos se rinden, mi alma eleva un ruego mudo.

Lágrimas cálidas se deslizan por entre mis párpados. La negrura de décadas continuas de dolor se disuelven en goteos interminables, insaciables, en llantos desgarradores que no concluyen en nada. Veo ahora en mis ojos la blancura que debiera estar ahí, mi iris oscura y mi pupila dilatada. Ahí está todo. Ya nada grita, ya nada mancha, ya nada existe ahí.

Mis ojos...

viernes, 17 de febrero de 2012

Aún me atrevo a preguntar



¿Me quieres?
Supongo que no.
El silencio me lanza aquella negativa
que con decisión
mutila las yemas de mis falanges
-mis dedos, pienso distraídamente.
¿Dedos?
Pinceles manchados de tinta,
lineas que perfilan el camino que transité,
que recorrí una y otra vez sin cansancio,
sin temor ante el miedo de perder mi carne.
¿Me quisiste?
No.
Y la sal se acumula en mis ojos.
Arden, desaparecen
¡Ese es el fin:
dos pozos vacíos llenos de oscuridad,
nieblas terroríficas cubriéndolo todo!
Ojos que lo vieron todo,
que soñaron vida,
que te observaron por horas,
segundos que no terminaban ante tu mirada.
Sí, segundos eternos en los cuales
observé tus ojos;
la luz,
sin importar la ceguera,
sin importar no volver a ver nada más.
Y aún así te atreves a preguntarlo:
¿Qué si te quiero?
Te quiero siempre, amor.

miércoles, 25 de enero de 2012

Vomitar el alma





Vomitar el alma



Madrugada de un nuevo año, de las vísperas de las decisiones a futuro, de el si o el no. Nuevo año y aquí me encuentro. Viendo los segundos pasar y el cansancio pegándose una vez en mi alma. Comienza el tiempo a correr una vez más y sólo me pregunto cuánto tardaré esta vez en echarlo todo a perder dentro mío.

Desde que tengo me memoria soy capaz de razonar, de analizar cada pensamiento que se me aparece entre mis pesadillas. Temía a la oscuridad, no podía dormir por las noches pensando que algo negro se apoderaba del ambiente...ahora me doy cuenta que lo es todo. La oscuridad, noche tras noche se fue pegando a mi entrañas, entre mis párpados, en la punta de mis dedos, en mi boca. Poco a poco puedo comprobar pequeñas manchas de inmundicia en mi ser entero. Suciedad que pesa, que rasguña y quema; lo hace todo a la vez sin reproche alguno, sin recibir quejas ni sobornos.

Temía a que me abandonaran, no podía vivir pensando que la gente a mi alrededor desapareciera...pero ya lo hace. El sentimiento de perdida fue genuino las primeras veces, lloré sin consuelo alguno por mis primeras pérdidas. Incluso prometí no aferrarme mucho a nada, no tener un principio y por ende no habría final, pero no resultó. Sigo queriendo, sigo necesitando del consuelo ajeno, sigo buscando ese afecto perfecto y es por aquella razón que sigo perdiendo. Soy la desesperada de las palabras, las que todo lo tuvo y todo lo perdió.

Solía sentir pánico cuando pequeña. Muchas cosas me producían dolor: que mi madre me mirase con aquel rostro de decepción y que mi padre llorase por mis culpas, producir problemas, producir discusiones...quería cambiar todo lo malo que estaba en mí, pero no lo logré. Sigo decepcionando a mis padres, sigo produciendo problemas y discusiones. Y cuando comienzo a razonar sobre lo que hice para mejorar aquella situación, me doy cuenta de que no hice nada...que me quedé hundida en mí misma. Me duele y el dolor me produce miedo, pánico porque no sé cuánto durará...cuánto tardará en marcharse.

Cuando los años fueron pasando, sólo fui capaz de hacerle frente al tiempo y decirle que me dé una oportunidad y desde la primera vez que lo hice ya van 17 fallos y 18 nuevas peticiones al tiempo.

Deseo entonces, no vomitar esta alma. Mi alma se envejece y muere, tras morir vienen las nauseas inexplicables o, mejor dicho, la sensación de tener algo muerto dentro mío. Y simplemente la disuelvo, primero con pequeños espasmos de pensamientos suicidas abruptos y luego un torrente de lágrimas que terminan por sacarlo todo afuera. En esos días no siento nada, soy como un cadáver sin luz dentro, sin brillo en los ojos...sin sombra siquiera.

Y entonces aparece nuevamente.

El tiempo me da la oportunidad una vez más. Comienzo a respirar y a equivocarme una vez más. Muchos lo llaman Depresión Mayor, yo lo llamo perder el alma.


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