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lunes, 6 de enero de 2014

Santiago


Me gusta el silencio, la falta de voces. Me agrada estar en el vacío, ese espacio sin sonido que me encapsula, me aparta. Puedo escuchar las voces dentro mío, los gritos de mi alma o los susurros reflexivos de mi mente. Soy feliz.

Ojalá pudiese andar por la ciudad temprano, cuando aún muchos duermen, o bien tarde en la noche, cuando los rezagados van a sus casas. En ambas ocasiones, cuando me subo al transporte que me lleva de vuelta, siento el indudable sentimiento de autocomplacencia. El farfullo de Santiago se queda atrás y mi alma vuelve a la tranquilidad.

Miro por la ventana y veo las calles vacías, indolentes, silenciosas. Me sonrío al pensar en la belleza que sale a partir de la falta de gente, incluso la basura luce bella tirada en alguna esquina de la calle. Los faroles rotos, las calles rayadas, las calles sucias, los autos e incluso el pasto. Todo pareciera sumirse en algo abstracto, en un sentimiento de abandono/triunfo.

No hay gente. Nadie grita, no se ve enojo, no hay malestar. Nadie me apretuja. Todo vuelve al ritmo pausado, va en son a los tambores naturales de la ciudad. Me sonrío al mirarme a mi misma, solitaria, tranquila, feliz.

Recito de memoria lo que se me ocurre en el momento, mi mente está despierta y, aun cuando mi cuerpo desee dormir, hay algo dentro de mí que renace en ese momento ¿La esperanza? ¿La convicción de algo que no veo? No lo sé.

Santiago me apetece sin gente, sin su ritmo poco convencional frenético, sin sus luces ni su mugre. Esta cuidad me gusta sin la violencia de las palabras, muda...abandonada.





sábado, 26 de octubre de 2013

Está viva



Es una noche silenciosa. Sé que esto que se agarra con exceso de fuerza a mi corazón son sólo sentimientos antiguos, esta herida que nunca cierra. Sé que quizás debiera hacerme más fuerte, quizás llorar, quizás sufrir audiblemente, pero esta noche sólo puedo mirar el cielo, sin estrellas, ver los árboles quietos y las ventanas iluminadas.

No puedo gritarle a la luna ni quejarme con mi estrella, no puedo pedirle a los astros que me hagan desaparecer. No tengo voz, ni siquiera la energía para hacer de estas palabras un texto memorable. No hay nada en mí que indique energía, que diga "está viva".

Esta es la quietud de mis ideas, la tormenta en mi corazón. Escribo, pero ciertamente hay algo muerto dentro de mí, algo muerto que se desliza por mis mejillas; sangre negra que emerge de mis ojos, que brota de mi corazón. Odio, rencor, cansancio.

Cansancio que ciertamente existe, le siento.

Está viva, lo sé.

jueves, 10 de octubre de 2013

Acerca de un pesadilla repetida


Nunca nadie sabe cómo llega a un sueño y, en mi caso de las pesadillas, sólo sé que vengo de algo rutinario y común en mi día. Yo todos los días tomo el metro desde el instituto a casa.

Esta vez quizás no recuerde cómo empezó todo, pero sé que iba en el metro y de repente abren las puertas y siento que ya me debo bajar. La estación del metro, de repente, se me hace ajena. Miro el metro para saber si por lo menos realmente iba en un metro. Cuando me doy vuelta me percato que iba en un tren antiguo y que había llegado a una estación de trenes dorada.

El anden caía como resbalín hacia abajo y se entrecruzaba. El piso era de madera brillante y pulida en exceso y, sin moverme aún, veía cómo la gente se resbalaba y comenzaba a deslizarse hacia abajo. Algunos chocaban con otras personas y otros simplemente desaparecían. Yo llevaba mi mochila en la espalda y me la saqué. Decidí que, para evitar caerme mas adelante, lo mejor sería sentarme y deslizarme. Me puse la mochila arriba de las piernas y comencé a descender rápidamente por el andén.

Veía que mucha gente que estaba de pie tenía en sus zapatos restos de cosas. Algunos tenía bolsos rotos, libros, ropa enrollada  y yo pasaba por el lado mirando atentamente. En un momento siento que mi mochila se resbala de mis manos y veo cómo empieza a caer rápidamente por el anden. A pesar de haber muchas personas detenidas de pie, mi mochila no chocó en ninguna. Sin pensarlo mucho me impulse y decidí tomar más velocidad.

Me percato que ahora en los pies de la gente yacen enrollados cuerpos de personas que chocaban. Tras el impacto siento miedo e intento frenar, pero no lo consigo y al siguiente momento me estrello contra una persona de aspecto cadavérico que estaba a un lado del anden acostado. Era un anciano grande y huesudo con aspecto moribundo. Al momento del impacto mi cuerpo queda enrollado en el de él.

Cuando intento liberarme el moribundo abrió unos ojos gigantes y me miró fijo. Yo aterrada intento separarme de él.

Cada vez que intentaba levantarme del piso me resbalaba y sentía que mis piernas fallaban. Me arrastré entonces hacia el borde del anden y me levanté.

Con el corazón oprimido y asustado intenté subir nuevamente. El piso de madera brillaba en ascenso como una pared imposible de traspasar. Daba tres pasos y volvía a resbalar, veía mi cara en el piso y ciertamente no era yo, no era mi cuerpo, no era mi ropa. Quería salir. Me levantaba una vez más y observaba el anden.

En los bordes habían empotrados mausoleos y las paredes eran como de cementerio. Había muchas estatuas que se desparramaban en el anden hacia abajo. Estatuas de gente en pie que miraba hacia los rieles del tren. Un tren de madera llegaba y tiraba en el anden cadáveres que yacían de maneras amorfas junto a las estatuas plomas.

Decido afirmarme de la pared para subir y comienzo una cansadora escalada. Camino y camino y sé que no debo detenerme.

No me detuve más.


viernes, 25 de enero de 2013



El odio habita en mis ojos, tras bastidores y sin ser notado por extraños. Sucumbe al escuchar desconocidos residiendo mi mirada y reaparece ahora. Tortuoso me susurra armonías sombrías y mis ideas fúnebres reviven del polvo, danzan lúgubres, aterradoramente vívidas hacia mí. Me vomitaría a mí misma, mi odio se repudia así como mi alma repudia mi cuerpo. No hay paz en los silencios, sólo poesía que no debiera salir jamás…

Este es mi odio, ahora, ardiendo en las cicatrices que tanto deseo olvidar en compañía de otros. Agente que en las sombras de mi propio reflejo me ataca, me marca la piel como señal de pertenencia. Aquel odio me habita en los recuerdos, me posee en noches como estas y creo ser el licántropo sin luna para vivir, el aullido solitario que se escucha con temor, el monstruo natural que ataca…que envenena.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Repetidas veces


Mis pesadillas son irreales, son hechos o lugares que no existen; son acciones no vistas e incoherencias imposibles. Nada existe ahí. Voces, gritos, palabras, rasguños...nada. El terror de la razón al despertar es lo que me dice esto.

Sin embargo se sienten así, aterradoras desde arriba, reales mientras mantengo los ojos cerrados y amenazadoras en el momento de su nacimiento.

Esta fue una pesadilla que se me repitió una semana entera y que ya no se va de mi cabeza. Era la altura, nauseas; eran las personas abajo. Era yo, sentada arriba intentando equilibrarme.

Tenía la boca encintada y sólo podía ver. Yo me había encintado la boca al subir y no recordaba mi decisión, no se me venía a la memoria el recuerdo concreto sino sólo el sabor a pegamento en mi lengua.

Era la altura, abrumadoramente exagerada. Me veía a mi misma pendiendo de cadenas. Veía abajo y no recordaba mi decisión sobre las cadenas, no entendía cómo despierta había tomado la determinación de colgarme en altura y amarrarme la boca para no gritar.

Sabía que esas cosas las había hecho despierta, con los ojos puestos en la luz y con la mirada en mi propia conciencia. Me había encerrado, aislado, encadenado y silenciado. En mi pesadilla lo sentía así, como la traición de la razón una vez más dentro de mis sueños.

Despertaba al cortar las cadenas. Era el golpe en el polvo, en el suelo helado, glacial. Era mi mandíbula rota, desparramada. Era mi cuerpo desarmado y el miedo circulando por mis venas libre...irreverentemente libre.

domingo, 19 de agosto de 2012

El arte es largo y el tiempo corto




Vergüenza, es ese silencio amargo que se posa en mi garganta, de vivir supongo o de mirar mi reflejo en las paredes luminosas. Abro mis ojos y los obligo a mirar la caricatura absurda de mi misma en el espejo, rostro tormentoso que guarda mis secretos.

Desvío mi mirada de beldades que caminan a la luz del día, con fascinación observo el fetiche destinado a la belleza de la gente. Algo bello es algo que no es impuesto por nadie, lo particular, lo excepcional: es el rasgo único de la costumbre visual. Percepción. Miro con mi sonrisa que se esfuma, aquella que se torna amarga y sigo sin entender.

Observo sus rostros armónicos, cabellos lacios o sus cuerpos proporcionados. Mantengo mi sonrisa para escuchar el comentario. Lo bello no es sino promesa de la felicidad, dijo una vez alguien con una verdad que ni los poetas en su fundación se atrevieron a decir tan directamente. Lo bello, lo sublime de aquel presente que todo hombre ve.

Veo y escucho de mujeres hermosas, de presencias angelicales que crean pausas en las realidades visuales de la ciudad. No me puedo sonreír ante el fetiche a lo bello general, a quienes fueron musas de artistas que jamás se adaptaron a la modernidad. Puedo mirar con alegría insana hasta cierto punto y con profunda tristeza por el otro.

No todas las féminas nacimos para inspirar, para ser musas de la belleza sublime ni tampoco para ser observadas. Solitario papel juegan algunas, mirando con angustia y vergüenza la admiración que se produce por otras; admiración que invade a quienes quieren, a ese alguien que debiera mirarlas como la belleza particular que son. Absurdos juegos de palabras, absurdos presentes, absurda sociedad.

Quisiera hablar de mi caso, pues al ser estas mis palabras, me es imposible no sentir vergüenza. Lo reconozco, con el corazón contrito, pues como lo dije al principio, el espejo para mí es una mala forma de mostrar mis defectos. En cuanto me paro en frente me es imposible no pensar en las musas renacentistas o en aquel brindis por la belleza que nunca creí tener. No la tengo. Me es imposible, a su vez, que no me duela escuchar o ver la admiración por lo general...por aquellas poesías y múltiples expresiones de arte que nos han inculcado aquel gusto monstruosamente recriminatorio de nuestros padres occidentales, aquel parasitismo por las ideas ajenas.

Me detesto entonces, porque no soy capaz de eliminar por completo esa parte de mí. Esos recuerdos angustiosos donde me recriminaba, donde otros se burlaban por mi falta de belleza clásica, por mi falta de belleza en absoluto. Las palabras quedaron ahí, astillosas, recordándole al reflejo de mi cara que aquellos rasgos jamás inspirarán nada, ni siquiera un amor.

Y sin embargo Baudelaire se mantiene en mí, con sus beldades poco convencionales y con sus versos a la belleza moderna. Siguen sus palabras ahí, dedicadas a una percepción que trasciende más allá de la vida cotidiana en la ciudad. Ojos que vieron el mundo en otros colores, que pintaron con pasión las curvas imperfectas de una mujer y supieron ansiar el toque hermoso de un ser, de un individuo particular a la vez...de aquella belleza pura que jamás podremos describir.

El arte es largo y el tiempo corto.

martes, 14 de agosto de 2012

Caras




Pienso historias de un mundo, de un sueño que no describo, de dolores que no han pasado. Pasados, tristes y finales, de personas que han estado ahí. Las caras de quienes me han hecho daño sólo es una, amorfa y perfecta. Es la misma sonrisa simplona y los mismos ojos altaneros, aquella mirada es exacta y todo se reduce a un solo par de ojos gigantes.

Recuerdo las voces de quienes jamás estuvieron en mí, risas muertas en bocas magulladas. Sonrisas que no aparecieron, fuerzas que se esfumaron antes de estirar los músculos. Es mi boca, mi sonrisa que jamás salió frente a esos ojos. Ira, rabia...frustración. Rabia.

Se repite todo, como un sucio Deja vu, como si el mismo recuerdo se devolviera una y otra vez. Mismo rostro mezclado que me insulta...que me recuerda mi posición. Supongo que son sus ojos, tan soberbios y altaneros, llenos de un placer extraño: el sabor agradable de no ser yo.

Ya no está el rostro, sólo es el mío, sólo son mis ojos y mi voz. Soy yo quien me insulta...

domingo, 8 de abril de 2012

Ojos




Las manchas en mis ojos no son más que pedazos de oscuridad poseyendo mi vista, defino ahora sin tapujo alguno.

Las he contemplado hoy frente a un espejo, segundos interminables en los cuales no dejaba de mirarlas e incriminarlas en silencio. Pequeñas gotas oscuras de palabras no dichas y de lágrimas que se secaron ahí, que se extinguieron al nacer...mares muertos en cinismo premeditado.

Las veo ahora, arraigándose con fuerza a mis dolores; pujan y pujan con sus pequeños filos; extraen...extraen sin cuidado alguno las puertas, las cadenas, los candados y cualquier seguro puesto ahí por mí, para mí. Les veo entonces incitando mis llantos, presionando mis lagrimales y carcomiendo mis párpados.

Siento el asco de la vida subiendo, trepando por mis entrañas hasta llegar a la cumbre de los martirios, la compuerta de toda alma marchita. Entonces mis ojos se rinden, mi alma eleva un ruego mudo.

Lágrimas cálidas se deslizan por entre mis párpados. La negrura de décadas continuas de dolor se disuelven en goteos interminables, insaciables, en llantos desgarradores que no concluyen en nada. Veo ahora en mis ojos la blancura que debiera estar ahí, mi iris oscura y mi pupila dilatada. Ahí está todo. Ya nada grita, ya nada mancha, ya nada existe ahí.

Mis ojos...

lunes, 30 de enero de 2012

Perdonar

Quizás no deseo aquel silencio en el ambiente, que con aquella enigmática densidad me hace creer en mis temores y visualizar errores que ni siquiera yo debiese recordar.

¿Qué es todo aquello? La injusticia con que mi mente me juzga y me condena es impresionante. No me perdono y algunas veces la vida tampoco.

No puedo perdonar mis múltiples faltas, ni mis carencias, ni mis pensamientos malos, ni siquiera las acciones que pensé en cometer y que no hice. No sé perdonarme...quizás tampoco quiera hacerlo. Es más fácil no perdonarse, pienso algunas veces ya que de ese modo no tengo que vivir pensando que cometeré el mismo error. Sé que es insano, sé que terminará matando mi conciente y sé, en el fondo de mi corazón, que me desgastaré hasta quizás explotar.

Quizás perdirme perdón a mi misma es más dificil...es recordar cosas que están ya pegadas a mi corazón, adheridas y aceptadas.

No sé si quiera limpiar heridas que ya cerraron mal.

miércoles, 25 de enero de 2012

Vomitar el alma





Vomitar el alma



Madrugada de un nuevo año, de las vísperas de las decisiones a futuro, de el si o el no. Nuevo año y aquí me encuentro. Viendo los segundos pasar y el cansancio pegándose una vez en mi alma. Comienza el tiempo a correr una vez más y sólo me pregunto cuánto tardaré esta vez en echarlo todo a perder dentro mío.

Desde que tengo me memoria soy capaz de razonar, de analizar cada pensamiento que se me aparece entre mis pesadillas. Temía a la oscuridad, no podía dormir por las noches pensando que algo negro se apoderaba del ambiente...ahora me doy cuenta que lo es todo. La oscuridad, noche tras noche se fue pegando a mi entrañas, entre mis párpados, en la punta de mis dedos, en mi boca. Poco a poco puedo comprobar pequeñas manchas de inmundicia en mi ser entero. Suciedad que pesa, que rasguña y quema; lo hace todo a la vez sin reproche alguno, sin recibir quejas ni sobornos.

Temía a que me abandonaran, no podía vivir pensando que la gente a mi alrededor desapareciera...pero ya lo hace. El sentimiento de perdida fue genuino las primeras veces, lloré sin consuelo alguno por mis primeras pérdidas. Incluso prometí no aferrarme mucho a nada, no tener un principio y por ende no habría final, pero no resultó. Sigo queriendo, sigo necesitando del consuelo ajeno, sigo buscando ese afecto perfecto y es por aquella razón que sigo perdiendo. Soy la desesperada de las palabras, las que todo lo tuvo y todo lo perdió.

Solía sentir pánico cuando pequeña. Muchas cosas me producían dolor: que mi madre me mirase con aquel rostro de decepción y que mi padre llorase por mis culpas, producir problemas, producir discusiones...quería cambiar todo lo malo que estaba en mí, pero no lo logré. Sigo decepcionando a mis padres, sigo produciendo problemas y discusiones. Y cuando comienzo a razonar sobre lo que hice para mejorar aquella situación, me doy cuenta de que no hice nada...que me quedé hundida en mí misma. Me duele y el dolor me produce miedo, pánico porque no sé cuánto durará...cuánto tardará en marcharse.

Cuando los años fueron pasando, sólo fui capaz de hacerle frente al tiempo y decirle que me dé una oportunidad y desde la primera vez que lo hice ya van 17 fallos y 18 nuevas peticiones al tiempo.

Deseo entonces, no vomitar esta alma. Mi alma se envejece y muere, tras morir vienen las nauseas inexplicables o, mejor dicho, la sensación de tener algo muerto dentro mío. Y simplemente la disuelvo, primero con pequeños espasmos de pensamientos suicidas abruptos y luego un torrente de lágrimas que terminan por sacarlo todo afuera. En esos días no siento nada, soy como un cadáver sin luz dentro, sin brillo en los ojos...sin sombra siquiera.

Y entonces aparece nuevamente.

El tiempo me da la oportunidad una vez más. Comienzo a respirar y a equivocarme una vez más. Muchos lo llaman Depresión Mayor, yo lo llamo perder el alma.


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