Vergüenza, es ese
silencio amargo que se posa en mi garganta, de vivir supongo o de
mirar mi reflejo en las paredes luminosas. Abro mis ojos y los obligo
a mirar la caricatura absurda de mi misma en el espejo, rostro
tormentoso que guarda mis secretos.
Desvío mi mirada de
beldades que caminan a la luz del día, con fascinación observo el
fetiche destinado a la belleza de la gente. Algo bello es algo que no
es impuesto por nadie, lo particular, lo excepcional: es el rasgo
único de la costumbre visual. Percepción. Miro con mi sonrisa que
se esfuma, aquella que se torna amarga y sigo sin entender.
Observo sus rostros
armónicos, cabellos lacios o sus cuerpos proporcionados. Mantengo mi
sonrisa para escuchar el comentario. Lo bello no es sino promesa
de la felicidad, dijo una vez alguien con una verdad que ni los
poetas en su fundación se atrevieron a decir tan directamente. Lo
bello, lo sublime de aquel presente que todo hombre ve.
Veo y escucho de
mujeres hermosas, de presencias angelicales que crean pausas en las
realidades visuales de la ciudad. No me puedo sonreír ante el
fetiche a lo bello general, a quienes fueron musas de artistas que
jamás se adaptaron a la modernidad. Puedo mirar con alegría insana
hasta cierto punto y con profunda tristeza por el otro.
No todas las féminas
nacimos para inspirar, para ser musas de la belleza sublime ni
tampoco para ser observadas. Solitario papel juegan algunas, mirando
con angustia y vergüenza la admiración que se produce por otras;
admiración que invade a quienes quieren, a ese alguien que debiera
mirarlas como la belleza particular que son. Absurdos juegos de
palabras, absurdos presentes, absurda sociedad.
Quisiera hablar de mi
caso, pues al ser estas mis palabras, me es imposible no sentir
vergüenza. Lo reconozco, con el corazón contrito, pues como lo dije
al principio, el espejo para mí es una mala forma de mostrar mis
defectos. En cuanto me paro en frente me es imposible no pensar en
las musas renacentistas o en aquel brindis por la belleza que nunca
creí tener. No la tengo. Me es imposible, a su vez, que no me duela
escuchar o ver la admiración por lo general...por aquellas poesías
y múltiples expresiones de arte que nos han inculcado aquel gusto
monstruosamente recriminatorio de nuestros padres occidentales,
aquel parasitismo por las ideas ajenas.
Me detesto entonces,
porque no soy capaz de eliminar por completo esa parte de mí. Esos
recuerdos angustiosos donde me recriminaba, donde otros se burlaban
por mi falta de belleza clásica, por mi falta de belleza en
absoluto. Las palabras quedaron ahí, astillosas, recordándole al
reflejo de mi cara que aquellos rasgos jamás inspirarán nada, ni
siquiera un amor.
Y sin embargo
Baudelaire se mantiene en mí, con sus beldades poco convencionales y
con sus versos a la belleza moderna. Siguen sus palabras ahí,
dedicadas a una percepción que trasciende más allá de la vida
cotidiana en la ciudad. Ojos que vieron el mundo en otros colores,
que pintaron con pasión las curvas imperfectas de una mujer y
supieron ansiar el toque hermoso de un ser, de un individuo
particular a la vez...de aquella belleza pura que jamás podremos
describir.
El arte es largo y
el tiempo corto.

Yo, tan solo veo y leo belleza y de la buena.
ResponderEliminarAbrazo
Muchas Gracias Ramón :)
EliminarAunque seas tuerta de un ojo y del otro te mane bermellón, al escribir estas cosas ya has superado en belleza a varias.
ResponderEliminarSalut
Muchas Gracias, Sebastian :)
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