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sábado, 10 de noviembre de 2012

Repetidas veces


Mis pesadillas son irreales, son hechos o lugares que no existen; son acciones no vistas e incoherencias imposibles. Nada existe ahí. Voces, gritos, palabras, rasguños...nada. El terror de la razón al despertar es lo que me dice esto.

Sin embargo se sienten así, aterradoras desde arriba, reales mientras mantengo los ojos cerrados y amenazadoras en el momento de su nacimiento.

Esta fue una pesadilla que se me repitió una semana entera y que ya no se va de mi cabeza. Era la altura, nauseas; eran las personas abajo. Era yo, sentada arriba intentando equilibrarme.

Tenía la boca encintada y sólo podía ver. Yo me había encintado la boca al subir y no recordaba mi decisión, no se me venía a la memoria el recuerdo concreto sino sólo el sabor a pegamento en mi lengua.

Era la altura, abrumadoramente exagerada. Me veía a mi misma pendiendo de cadenas. Veía abajo y no recordaba mi decisión sobre las cadenas, no entendía cómo despierta había tomado la determinación de colgarme en altura y amarrarme la boca para no gritar.

Sabía que esas cosas las había hecho despierta, con los ojos puestos en la luz y con la mirada en mi propia conciencia. Me había encerrado, aislado, encadenado y silenciado. En mi pesadilla lo sentía así, como la traición de la razón una vez más dentro de mis sueños.

Despertaba al cortar las cadenas. Era el golpe en el polvo, en el suelo helado, glacial. Era mi mandíbula rota, desparramada. Era mi cuerpo desarmado y el miedo circulando por mis venas libre...irreverentemente libre.

lunes, 9 de julio de 2012

Algo extra









Mi cuerpo se mueve al ritmo del propio mundo. Siento cómo mi piel, mi carne y mis órganos se trasladan de un lugar a otro, al son de una lenta canción perfectamente diseñada para adormecer. Cierro mis ojos y la sensación de algo viviendo dentro de mis venas me atormenta; puedo sentir el líquido rojo traspasando cada centímetro de mi piel, llenándome de un sustancial vacío que termina en mi boca. Sabor a humanidad.

Muevo mi lengua y pareciera ser que el mundo se moviera con ella, tan pesada y abruptamente llena de un sabor indescriptible, casi imaginario...Las vibraciones resuenan en mi mandíbula y mi cerebro colapsa. Todo se ve en grises y gemidos, todo se siente a esencias neutras de seres no creados.

Abro mis ojos y las palpitaciones de mi corazón se sienten en todas partes, como si poseyera tantos corazones como células. Todo vibra al son de aquella melodía interminable...

jueves, 31 de mayo de 2012

Un día en el andén





Yo no sé porqué sucedió, quizás por un exceso de palabras mal dichas y por un exceso de control de sentimientos en contra.

Hay días en que soy tan feliz, que cuando llega la noche sé que es hora de volver al mismo problema de siempre. Es en esos días de caída cuando me siento absolutamente sin nada, como si lo segundo arrebatase mi felicidad y aquellas ideas de plenitud no hubiesen existido jamás.

Eso me pasó hoy, cuando regresaba a casa. Una llamada bastó para que volviese al mismo pozo de donde había logrado escalar. Caí entre las paredes y golpeé mis brazos, mis piernas ante la estreches de aquel lugar. Las piedras que construyen aquel pozo, porque no hay otra figura física que pueda definir mi lugar inicial, se van ampliando hasta el final, dejándome inmovilizada en el agua fría. Conozco ese lugar, conozco esas piedras que intento escalar cada vez, y conozco el dolor de la caída.

El agua se siente más fría cuando vuelvo, como si el calor del sol me recordase que el subterráneo oscuro al que caigo no es mi lugar. Lo sé ahora, pues antes sólo me dedicaba a decir “no hace frío”, intentando sin fuerzas que mis dientes no castañeasen y la desesperación no llegase tan rápido a mi cuerpo—si lograba mantenerme en calma entonces podía flotar en el agua días, meses o años sin ahogarme y aquel pensamiento lo era todo. Contrólate y controlarás el frío.

Sentí que caí y sentí las nauseas inevitables. Me senté en las sillas del andén del metro, esperando el tren que me llevase a casa. Las ideas llegaban a mi cabeza, las palabras dichas alborotaban mis lágrimas y sin siquiera planificarlo comencé a llorar.

Aprendí que llorar fuerte y tendido ante la idea del pozo no sirve de nada, es más simple dejar salir lágrimas sin rostro de aflicción y sin desesperación.

Pero no pude hacerlo.

Lágrimas salieron y luego sollozos. Intentaba cubrir aquella aflicción, pues bajar al pozo por la cuerda es diferente a arrojarse hasta reventarse en el agua.

No me importó la caída, ni los dolores que después vendrían, ni el resentimiento a volver a sonreír. Sentí que era lo correcto en ese caso, pues la satisfacción de volver a huir sería suficiente para mí. Muchas veces me he mirado al espejo y he comprobado con renuencia que mi rostro no refleja el alma turbada que llevo dentro, no refleja el asco por la debilidad y la sumisión.

Quizás pasó más tiempo del que debía y quizás mis miradas trémulas hacia el tren fueron interpretadas del modo equivocado. No deseaba suicidarme. La muerte culposa es indefinida, es certera y demasiado larga para mí. El suicidio dejó de ser parte de mis planes desde hace años, pues aprendí que es dormirse dentro del agua helada, congelándome ¿Qué parte buena tiene ese plan comparado con la luz solar y el calor exterior?

Alguien se me acercó. Limpié mis ojos y comprobé que era uno de los guardias del metro. Me volví a limpiar los ojos e intenté ensayar mi mejor sonrisa de “estaré bien”, mueca que se desfiguró en mi rostro y sólo quedó la aflicción inicial.

—¿Puedo ayudarte?—me preguntó la voz femenina mientras se sentaba al lado mío.

Yo la miré nuevamente e intenté decir que ya estaba mejor, pero las palabras no se modularon en mi boa y sólo salió un tartamudeo.

—¿Me puedo sentar?—dijo ya sentada.

Me sonreí y aquel atisbo de alivio me secó las lágrimas por un rato.

—Yo..yo voy ha estar bien—murmuré, balbuceé, tartamudeé contra las lágrimas.

Sentí su mirada en mí, la lástima terrible que debí darle y me sentí débil. Me recriminé, ¿Por qué no podía simplemente fortalecerme? Cada vez que terminaba de escalar me juraba a mi misma que nada me haría volver, que nadie me obligaría a entrar...y allí estaba nuevamente.

—Estuve viéndote por la cámara de seguridad—comenzó diciendo—, que no paraste de llorar en un buen rato—me dijo—. ¿Estás bien?

La miré con vergüenza, como si hubiese hecho algo malo. Quizás me sonrojé de enojo contra mi misma.

—Lo siento—dije despacito, como ese tic maniaco de decir “lo siento” cuando algo va mal por mi culpa.

—¿Quieres agua?—me preguntó cambiando de tema.

—Preferiría quedarme en el andén, me gusta mirar como pasan los trenes—le dije sin pensar mucho que podía ser mal interpretada.

Me miró con las palabras en los ojos, con el reproche que no salió de su boca. Las lágrimas salían aun de mis ojos, sin querer mío pero sí con el de mi alma.

—Vamos—dijo mientras se paraba con una sonrisa—, tomas agua y te devuelvo acá mismo.

Acepté, para que se diese cuenta que no quería tirarme a la linea del tren...no estaba en mis intenciones en lo absoluto. Me levanté y me mareé. Olvidé por un segundo dónde estaba y quién tenía mi brazo, se sintió en el paraíso. Caminé con ella en silencio hasta las escaleras.

—¿Qué pasó?—preguntó cuando salimos a la boletería del metro. Yo bajé el rostro y mordí mis labios más fuerte—si quieres puedes contarme, de vez en cuando desahogarte con un desconocido es bueno—agregó mientras buscaba a su jefe.

Me mordía los labios para dejar de llorar, pues había gente arriba, mucha gente.

—¿Y qué te pasó, niña?—me preguntó una voz masculina con cierto cariño y cuidado.

—Algunas problemas—dije sin mucha lógica, como si las palabras no saliesen de mi boca.

—¿Problemas en la universidad?—me dijo.

—También—le dije yo, sin poder decir mucho más.

Hizo un ruido con su boca. Un bufido.

—¿Cuántos años tienes?—me preguntó.

—20—murmuré intentando componer una sonrisa.

—¡Tan joven y con esa carita de pena!—me dijo—tienes otros 40 años para estudiar, trabajar y sacarte la cresta para mantenerte en esta vida—agregó como consuelo.

Yo sólo lo miré y sonreí.

—Aparte, mañana es viernes—dijo—. Sale con tus amigos, carretea un poco, vive—sugirió y aquella idea me hizo pensar en mi casa.

No deseaba volver. La idea de que fuese viernes me traía a la cabeza la depresión que siento cada viernes en la noche, se me viene al recuerdo cada noche de viernes que he pasado llorando (y en peores circunstancias) por algo que no puedo controlar. Mi sonrisa se borró de nuevo y las lágrimas comenzaron a aflorar. Bajé de mi rostro y mordí mis labios para no sollozar.

Se dijeron algo entre ambos, palabras que no quise escuchar.

—Vamos a tomar agüita—me dijo la guardia mientras volvía a tomar mi brazo.

Subí las escaleras y llegué a una puerta cerrada. Antes de entrar se detuvo.

—Hace 3 años que saqué mi cuarto medio—me dijo—¿Cuántos años crees que tengo?—Me preguntó con una sonrisa.

—¿Treinta y algo?—dudé mirando su cara. Se veía sonriente.

—40 años—Contestó—. Tomé muy malas decisiones en mi vida, pero en ningún momento me rendí.

Y aquellas palabras se me quedaron. Abrió la puerta entonces.

—Entra en éste—me dijo mientras abría la segunda puerta—. Puedes tomar agua, llorar, quedarte aquí hasta que te sientas mejor pero no cierres la puerta con llave—agregó—. Estaré acá afuera cualquier cosa.

Un gran espejo cubría el baño y evadí mi reflejo como siempre. Me senté en el piso y tiré mi cartera a un lado. Me abracé y lloré como no lo hacía hace años, desde los siete quizás, cuando los sollozos fuertes no me importaban. No necesitaba de nada que ahogase el ruido, ni de la preocupación de que alguien me oyese.

Al rato comencé a trazar mi plan de escape. Cómo salir de aquel pozo, cómo dejar de sentir ese frío terrible que se me colaba por la espalda. Las lágrimas desaparecieron y me levanté.

Abrí la llave de agua y tomé un poco, mojé mis ojos hinchados y entonces en ese momento me decidí a mirarme al espejo. Supe que ese era el reflejo real de mi alma. Recordé con tristeza el placer bizarro que sentía al verme así, ¿dónde había quedado la auto compasión?

Salí del baño y ahí estaba ella.

—Ya me siento mejor—le dije con una sonrisa muy cierta.

—¿Viste? Te ves más linda cuando sonríes—me dijo mientras salía y salíamos nuevamente al caos de afuera.

Yo sólo sonreí y la seguí entre la gente. Me dijo que la esperara en la entrada mientras le iba a avisar a su jefe que iba a dejarme al andén de vuelta. Lo hizo y abrió la puerta para encaminarme.

El andén estaba vacío, ni si quiera una persona esperaba el metro. Me sonrió y comenzó a hablarme de nuevo.

—Sabes, tengo una hija de 23 años. No quiso hacer la media y quedó embarazada. Se casó y ahora vive arrepentida por sólo tener octavo básico—algo en su voz me decía que la tristeza la invadía al hablar de su hija mayor—Más encima, tengo una chica de 17, también quedó embarazada—dijo con cierta frustración—. Cuando tenía tu edad tuve a mi primera hija y me hubiese encantado poder darle lo mejor a ella, haberle dicho que mi ejemplo no era el mejor...que no tenía que tomar el camino fácil...

La miré y sentí que las fuerzas de nuevo llegaban, quizás escalar no sería tan lento esta vez.

—pero no me hizo caso. Las decisiones fáciles tienen peores consecuencias, lo supe desde chica y me hubiese encantado estar haciendo algo más que esto. Pero acá estoy, esforzándome por seguir cada día.

Volví a mirarla y el andén se acababa ya.

—Yo nací con este defecto llorón—le dije sin tartamudear—, pero me esfuerzo por seguir porque sé que no todo en la vida es lágrimas—agregué—. Y si mi familia no me entiende, entonces quizás deba hacerme más fuerte y aguantar—Y aquello último se quedó en mi cabeza.

El tren comenzaba a llegar y la miré. Parecía ser alguien tan feliz. Quise decir qué era lo que me problematizaba tanto, qué era lo que me hacía llorar, pero las palabras no salieron...como no salen nunca.

El tren se detuvo y la miré por última vez.

—Gracias—le dije con una emoción que iba más allá de la gratitud por el agua.

—Cualquier cosa, ando por acá—me dijo y se despidió de un beso.

Gracias repetí en mi cabeza mirándola, como si algo de ella me hubiese dado la fuerza para llegar a casa.

domingo, 8 de abril de 2012

Ojos




Las manchas en mis ojos no son más que pedazos de oscuridad poseyendo mi vista, defino ahora sin tapujo alguno.

Las he contemplado hoy frente a un espejo, segundos interminables en los cuales no dejaba de mirarlas e incriminarlas en silencio. Pequeñas gotas oscuras de palabras no dichas y de lágrimas que se secaron ahí, que se extinguieron al nacer...mares muertos en cinismo premeditado.

Las veo ahora, arraigándose con fuerza a mis dolores; pujan y pujan con sus pequeños filos; extraen...extraen sin cuidado alguno las puertas, las cadenas, los candados y cualquier seguro puesto ahí por mí, para mí. Les veo entonces incitando mis llantos, presionando mis lagrimales y carcomiendo mis párpados.

Siento el asco de la vida subiendo, trepando por mis entrañas hasta llegar a la cumbre de los martirios, la compuerta de toda alma marchita. Entonces mis ojos se rinden, mi alma eleva un ruego mudo.

Lágrimas cálidas se deslizan por entre mis párpados. La negrura de décadas continuas de dolor se disuelven en goteos interminables, insaciables, en llantos desgarradores que no concluyen en nada. Veo ahora en mis ojos la blancura que debiera estar ahí, mi iris oscura y mi pupila dilatada. Ahí está todo. Ya nada grita, ya nada mancha, ya nada existe ahí.

Mis ojos...

miércoles, 25 de enero de 2012

Vomitar el alma





Vomitar el alma



Madrugada de un nuevo año, de las vísperas de las decisiones a futuro, de el si o el no. Nuevo año y aquí me encuentro. Viendo los segundos pasar y el cansancio pegándose una vez en mi alma. Comienza el tiempo a correr una vez más y sólo me pregunto cuánto tardaré esta vez en echarlo todo a perder dentro mío.

Desde que tengo me memoria soy capaz de razonar, de analizar cada pensamiento que se me aparece entre mis pesadillas. Temía a la oscuridad, no podía dormir por las noches pensando que algo negro se apoderaba del ambiente...ahora me doy cuenta que lo es todo. La oscuridad, noche tras noche se fue pegando a mi entrañas, entre mis párpados, en la punta de mis dedos, en mi boca. Poco a poco puedo comprobar pequeñas manchas de inmundicia en mi ser entero. Suciedad que pesa, que rasguña y quema; lo hace todo a la vez sin reproche alguno, sin recibir quejas ni sobornos.

Temía a que me abandonaran, no podía vivir pensando que la gente a mi alrededor desapareciera...pero ya lo hace. El sentimiento de perdida fue genuino las primeras veces, lloré sin consuelo alguno por mis primeras pérdidas. Incluso prometí no aferrarme mucho a nada, no tener un principio y por ende no habría final, pero no resultó. Sigo queriendo, sigo necesitando del consuelo ajeno, sigo buscando ese afecto perfecto y es por aquella razón que sigo perdiendo. Soy la desesperada de las palabras, las que todo lo tuvo y todo lo perdió.

Solía sentir pánico cuando pequeña. Muchas cosas me producían dolor: que mi madre me mirase con aquel rostro de decepción y que mi padre llorase por mis culpas, producir problemas, producir discusiones...quería cambiar todo lo malo que estaba en mí, pero no lo logré. Sigo decepcionando a mis padres, sigo produciendo problemas y discusiones. Y cuando comienzo a razonar sobre lo que hice para mejorar aquella situación, me doy cuenta de que no hice nada...que me quedé hundida en mí misma. Me duele y el dolor me produce miedo, pánico porque no sé cuánto durará...cuánto tardará en marcharse.

Cuando los años fueron pasando, sólo fui capaz de hacerle frente al tiempo y decirle que me dé una oportunidad y desde la primera vez que lo hice ya van 17 fallos y 18 nuevas peticiones al tiempo.

Deseo entonces, no vomitar esta alma. Mi alma se envejece y muere, tras morir vienen las nauseas inexplicables o, mejor dicho, la sensación de tener algo muerto dentro mío. Y simplemente la disuelvo, primero con pequeños espasmos de pensamientos suicidas abruptos y luego un torrente de lágrimas que terminan por sacarlo todo afuera. En esos días no siento nada, soy como un cadáver sin luz dentro, sin brillo en los ojos...sin sombra siquiera.

Y entonces aparece nuevamente.

El tiempo me da la oportunidad una vez más. Comienzo a respirar y a equivocarme una vez más. Muchos lo llaman Depresión Mayor, yo lo llamo perder el alma.


lunes, 31 de octubre de 2011

Vacía


Finalmente la cama está vacía. No estoy dentro, ni tú tampoco. Mi alma, quizás un tanto inquieta, sale de mí: huye sin destino. Es agonía pura, me digo a mi misma ¡Qué espantosa soledad siente mi alma hoy!

Sólo quiero luz, sólo eso por hoy



miércoles, 12 de octubre de 2011

Ese sueño romántico que nunca fue...

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Y aunque nada existiese, aunque nadie sintiese...aun cuando todo fuese tan confuso y hostil, yo seguiría anhelando algo más allá de lo que me pueden dar, más allá de lo que alguien está dispuesto a dar. No quiero la humanidad, el raciocinio clarividente del humano.

No quiero frases, no quiero palabras, no quiero acciones: quiero pensamientos. Quiero estar dentro, entrelazada, profundamente adherida a una persona y que esa persona pudiese hacerme sentir suya. No quiero estar fuera nunca más, ni tampoco sobre...quiero estar en las entrañas, en la sangre, en cada célula ¡En cada respirar!

lunes, 12 de septiembre de 2011

Futuro



Algunas veces ni siquiera me detengo a pensar en el futuro, en qué piensa la gente a mi alrededor, en qué cosas estoy implicada. Sólo me dedico a vivir de manera placentera, recorriendo todo con la vista y alegrando mis sentidos con cosas simples.

Algunas veces ni siquiera estoy viva, ni siquiera me imagino como un ser viviente, más bien como un vestigio de algo que podría haber existido.Sólo quiero ser feliz, me digo muchas veces, y cuando lo soy tengo la extraña sensación de que no quiero que ese momento termine jamás.


lunes, 16 de mayo de 2011

Pesadilla primera



La suave respiración de la muerte en mi oído, su caricia invisible y luego su golpe claro y fortuito me enseñan todo sobre este mundo. Me dice todo lo que debiera saber acerca de mí, todo lo que un día fui y todo lo que no lograré ser.

Es deprimente, si, pero la lógica y la razón me lo dictan así.

Siento a la muerte merodear en mi vida, transitar vagamente por entre mis entrañas, roer mis esperanzas y matarme lentamente. Lo sé, es claro que moriré un día de estos: si no soy yo será otro, y así.

Lo siento tanto!

martes, 23 de noviembre de 2010

Abrazos



Quisiera poder abrazarme a ti, fundirme contigo y sentir un mismo palpitar en medio; sentirte y que fueses mío, sólo mío. Quisiera poder ser aire, y que me respiraras, estar dentro tuyo y soñar; amar hasta que la locura lo llene todo, hasta que el amor estalle en millones de fragmentos...hasta que tú me ames.

Quisiera soñar, imaginar que somos una sola alma: que somos un solo espiritu...que nuestras tristezas son pasajeras y que todo es volátil.

Quisiera muchas cosas, pero por el momento me conformo con creer: creer en ti...

sábado, 23 de octubre de 2010

Día nublado variando a tormentoso



¿Y cómo olvidarlo? El desagradable engaño de un trágico desenlace, aterciopelado por la dulce pena...¿Cómo olvidarlo? Si el sabor amargo y la conciencia sucia continúan en mí.

¿Cómo olvidarlo? El sol continua alumbrando y cegando mis ojos, y la luna continua arropandome de noche...pero sé que nada es lo que parece, en especial en mi mente: sé que una nueva tormenta se aproxima y que nada la evitará.

¿Y cómo continuar con mi vida si ni siquiera sé dónde comenzarla pero si dónde terminarla?

martes, 5 de octubre de 2010

Nada






NADA


Cierro los ojos y la nada se aparece ante mí, blanca, inmaculada y perfecta. Pestañeo un par de segundos y la vida pareciera detenerse tras aquella simple acción...pareciera no querer seguir en el juego.


¿Qué será? Me pregunto mientras un sutil mareo pareciera arrasar todo lo que soy. Abro los ojos y la nada continua ahí, con su divina presencia de cautela y regocijo.


Ahora estoy llorando y ahora no sé si es por costumbre o por real tristeza; ahora no sé si es por falta de ánimo o por la falta de pensamientos agradables.


Nada. Nada hay dentro mío, ni siquiera un poco de vida...sólo pensamientos mudos como una piedra.


Nada hay dentro de mí, ni siquiera una pizca de afecto, de felicidad o de tristeza: sólo la paz de no saber el futuro; sólo la paz de no saber nada.

martes, 2 de marzo de 2010

Sonreír nuevamente








Y de repente mi sonrisa se borró y no quizó salir más en el día. Lo sé, quizás lo sepas, pero la oscuridad vuelve a rodearme y las lágrimas no tardan en salir de mis ojos.

Descubrir la verdad es terrible, en especial si te la ocultan tan bien, como suelen hacerlo las personas. Me duele ahora, todo y en especial el corazón, porque sé que estoy perdiendo esta batalla y que no la ganaré jamás...porque soy tan, pero tan débil, que incluso a quienes llaman débiles se averguenzan de mí.

viernes, 10 de abril de 2009

La sepultura




La sepultura

Camino por las calles con desquiciada frugalidad, como si previese la maldad que me rodea y pudiese sentir las trampas del pesimismo entre mis pasos. Mis pies se arrastran por el cemento y el ruido pareciese estar aquejado con su voz quebradiza. Me han pedido que vaya a tu casa: aquella que está construida desde antes que nacieras, y estando tú dentro, La Muerte te encierra.

Voy caminando hacia tu sepultura. El pasto y la hierba entorpecen mis pies. Sí, resbalo muchas veces por el camino y caigo. El sol está decaído, pienso retraídamente. Sus exhalaciones se ahogan entre las vaporosas nubes grises, y es ahí en donde puedo sentir su grandeza tétrica abrazándome con complicidad.

Me han dicho que La Muerte te ha secuestrado; que aquella muchacha irrespetuosa te ha golpeado hasta que te rendiste. Me han dicho que te has rendido: que te has ido. No consigo creer semejante improperio.

Muerto, ¿es acaso aquella palabra la causante de todo? ¿Eres ahora compañero de La Muerte? Después de todo, llevas su malévolo apelativo. Estás muerto, me dicen.

Desapareciste un ocho de marzo; once semanas exactas desde que te acaricié por última vez. Estamos a veinticuatro de mayo; once semanas desde la última vez que mis ojos trémulos te miraron. Setenta y siete días exactos han pasado desde tu desaparición. Todos se preguntan el porqué: el por qué no lloro, no sufro o me veo melancólica.

Es por eso que me han enviado aquí. Han adquirido para mí un ramillete de rosas no arrulladas por color alguno. Blancas, tan blancas que se parecen a La Muerte.

Mis manos estrangulan las ramas llenas de puntas y puedo sentir aquellos aguijones rompiendo mis manos. Sólo es sangre, murmuro mientras me voy acercando a tu hogar. ¿Tendrás una vasija allí para guardar mis flores?

Mis ojos anticipan la horrorosa visión de tu cuerpo pudriéndose. Mi imaginación se centra en ti y La Muerte, fornicando en tu habitación. Me lastima el corazón en pensar en que ya no me quieres.

¿Es así, amor mío?, pienso con malestar al llegar a tu número, a tu dirección: a tu casa. Tu hermoso nombre adorna aquella piedra en el suelo.

—Veintitrés de Abril de mil novecientos ochenta y siete—leo la primera línea de tu sepultura—, al ocho de marzo del dos mil nueve—. Termino leyendo entre susurros ahogados.

Los números están ahí. Tu nombre está allí. El verdor, el ambiente, el sol enfermo y el tiempo afanoso están ahí. Todo está allí, excepto tú.

Los huesos, filamentos y las carnes internas se doblegan y caigo de rodillas. Mis brazos extendidos sostienen mi cuerpo del desmayo. Mis manos se hielan al palpar aquella impávida lápida. Mis dedos se enroscan con desesperación y mis nudillos emblanquecen. Mi rostro cae en tierra y la espantosa desesperación me agobia.

Setenta y siete días sin ti caen sobre mis espaldas y mis fuerzas se escabullen por los ojos. Mi mente trabaja desesperada, sintiendo la verdad llegando a mí.

Setenta y siete días sin tu amor. Once semanas sin llorar.

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