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viernes, 10 de agosto de 2012

Está bien


Se postran los rostros cansados, somnolientos, de seres invisibles en los árboles. Sus pequeñas voces se silencian por unos instantes entre la oscuridad y el frío, se acurrucan entre matorrales y el viento gélido pasa por entre ellos. No tiemblan, no se despiertan, quedan quietos sus cuerpos como si de estatuas se tratase. No tiemblan...no despiertan.

Mueren, permutan en la noche inútil y renacen en la cordillera. Nuestra pared que delinea el cielo en el este, que intenta acunar la luna y alcanzar las estrellas. Es nieve, supongo, o una simple franja albina entre el cielo santiaguino y la tierra Chilena.

Luz. Amanecer. La vida vuelve a cubrir con luz azulada las cosas, blanca y azulada, y antes de pensarlo el ocre comienza a teñir las hojas. No ocre, dorado que no me deja mirar otra cosa. Dorado altanero. Luz perfecta que da forma a todo cuanto se esparció en la noche, tinieblas que formaban los cuerpos oscuros o cuerpos oscuros que no eran más que pesadillas al otro día.

El plumaje vuelve a ser diurno, el detalle de sus cabecillas diminutas y sin errores se deja ver entre aquel festín mañanero. Miran desde lo alto las casas, los departamentos y llegan más alto: cielo, claridad y finalmente sol. Sus alas se extienden y el sueño incumplido de todo humano está ahí, vuelan y cantan canciones que a mis oídos no es música, no es composición, es instinto: es un gemido por la vida.




martes, 26 de junio de 2012

Miedo a estar solo




Estar solo es lo peor que le puede suceder al ser humano, incluso al menor de éstos. Los seres humanos son seres sociables, llenos de palabras para expresar, de gestos y de sonrisas. Los seres humanos son seres creados para amar y ser amados. Muy pocos entienden la importancia de las personas a su alrededor, son tan soberbios que no agradecen la existencia de otros seres. 

Los seres humanos si saben del terror de estar solos, pero no por toda la eternidad, ni siquiera entienden este concepto. Me recorre un escalofrío cada vez que pienso en aquel planeta. 

Estudiar a estos seres es un trabajo de siglos e introducirse en el mundo interno de un ser humano es imposible. Nada puede traspasar aquella fina tela que separa al hombre de la inmundicia en la cual vive. 

Los hombres son personas solitarias ya que sus pensamientos no se unen, dado que sus corazones laten de forma dispar y debido a que sus actitudes demuestran distintas cosas. Los seres humanos viven encerrados en su burbuja de tal forma que logran escuchar al silencio y a la soledad susurrando canciones para dormir. 

No logran ver nada, ni tampoco escucharse entre sí. Ellos viven día a día representando una obra teatral. Representando su papel de “hombre que escucha” o de “hombre que ve”, sonriéndose entre ellos y hablando temas que cambiarán al mundo. Los hombres son unas pobres criaturas que tienen oídos y no escuchan nada, que tienen ojos y no ven, que tienen ideas pero no las dicen.

Es de aquel modo como coexisten, de manera tan superficial que nadie logra derrotar la soledad del otro, que nadie sale de su propia burbuja para conocer a otro. Ellos detestan La Soledad, pero sobre aquello, ellos detestan estar solos consigo mismos. 

Los hombres tienen mente propia que les recuerda su propio aislamiento, que imita el sonido del reloj y que tortura la conciencia. Ellos sienten temblar sus cuerpos, sienten la falta de aire en sus pulmones y sienten las lágrimas saliendo por sus ojos, pero también pueden sentir la necesidad oculta de protegerse y de ocultar la verdad, y es por eso que el resto deja de existir. 

Ellos son seres fríos, que no critican su propio ser o su raza, que no abrazan al desvalido o que abren sus corazones. Los hombres se protegen y, al protegerse, La Soledad les invade; junto con La Locura; junto con La Muerte; y junto con un sin fin de problemas que los hunden.

A los hombres no les gusta estar solos y es por eso que muchos destrozan su burbuja e intentan sentir el calor de quienes los rodean. Hay incontables personas que destrozan su protección y se mantienen expuestos a cuantiosos dolores, a excepción de La Soledad. Ellos sonríen y ven las cosas tal cual son. 

El resto de las criaturas miran aquella raza en decadencia, en donde cada vez son menos lo que rompen su protección, y lloran por los hombres. Los dioses lloran sobre el mundo al ver aquello.
Pero hay hombres que son felices, se debe agregar. Hay hombres que saben de caridad y de amor. Hay hombres que no están solos, que tienen a otros hombres a su alrededor. Hay seres humanos tan gloriosos que la blancura brota desde sus corazones, que sus sonrisas rompen las protecciones de otros hombres. 

Pero al final todo se extingue. Ellos desaparecerán y nosotros nos quedaremos solos nuevamente; nos quedaremos solos por la eternidad.

jueves, 31 de mayo de 2012

Un día en el andén





Yo no sé porqué sucedió, quizás por un exceso de palabras mal dichas y por un exceso de control de sentimientos en contra.

Hay días en que soy tan feliz, que cuando llega la noche sé que es hora de volver al mismo problema de siempre. Es en esos días de caída cuando me siento absolutamente sin nada, como si lo segundo arrebatase mi felicidad y aquellas ideas de plenitud no hubiesen existido jamás.

Eso me pasó hoy, cuando regresaba a casa. Una llamada bastó para que volviese al mismo pozo de donde había logrado escalar. Caí entre las paredes y golpeé mis brazos, mis piernas ante la estreches de aquel lugar. Las piedras que construyen aquel pozo, porque no hay otra figura física que pueda definir mi lugar inicial, se van ampliando hasta el final, dejándome inmovilizada en el agua fría. Conozco ese lugar, conozco esas piedras que intento escalar cada vez, y conozco el dolor de la caída.

El agua se siente más fría cuando vuelvo, como si el calor del sol me recordase que el subterráneo oscuro al que caigo no es mi lugar. Lo sé ahora, pues antes sólo me dedicaba a decir “no hace frío”, intentando sin fuerzas que mis dientes no castañeasen y la desesperación no llegase tan rápido a mi cuerpo—si lograba mantenerme en calma entonces podía flotar en el agua días, meses o años sin ahogarme y aquel pensamiento lo era todo. Contrólate y controlarás el frío.

Sentí que caí y sentí las nauseas inevitables. Me senté en las sillas del andén del metro, esperando el tren que me llevase a casa. Las ideas llegaban a mi cabeza, las palabras dichas alborotaban mis lágrimas y sin siquiera planificarlo comencé a llorar.

Aprendí que llorar fuerte y tendido ante la idea del pozo no sirve de nada, es más simple dejar salir lágrimas sin rostro de aflicción y sin desesperación.

Pero no pude hacerlo.

Lágrimas salieron y luego sollozos. Intentaba cubrir aquella aflicción, pues bajar al pozo por la cuerda es diferente a arrojarse hasta reventarse en el agua.

No me importó la caída, ni los dolores que después vendrían, ni el resentimiento a volver a sonreír. Sentí que era lo correcto en ese caso, pues la satisfacción de volver a huir sería suficiente para mí. Muchas veces me he mirado al espejo y he comprobado con renuencia que mi rostro no refleja el alma turbada que llevo dentro, no refleja el asco por la debilidad y la sumisión.

Quizás pasó más tiempo del que debía y quizás mis miradas trémulas hacia el tren fueron interpretadas del modo equivocado. No deseaba suicidarme. La muerte culposa es indefinida, es certera y demasiado larga para mí. El suicidio dejó de ser parte de mis planes desde hace años, pues aprendí que es dormirse dentro del agua helada, congelándome ¿Qué parte buena tiene ese plan comparado con la luz solar y el calor exterior?

Alguien se me acercó. Limpié mis ojos y comprobé que era uno de los guardias del metro. Me volví a limpiar los ojos e intenté ensayar mi mejor sonrisa de “estaré bien”, mueca que se desfiguró en mi rostro y sólo quedó la aflicción inicial.

—¿Puedo ayudarte?—me preguntó la voz femenina mientras se sentaba al lado mío.

Yo la miré nuevamente e intenté decir que ya estaba mejor, pero las palabras no se modularon en mi boa y sólo salió un tartamudeo.

—¿Me puedo sentar?—dijo ya sentada.

Me sonreí y aquel atisbo de alivio me secó las lágrimas por un rato.

—Yo..yo voy ha estar bien—murmuré, balbuceé, tartamudeé contra las lágrimas.

Sentí su mirada en mí, la lástima terrible que debí darle y me sentí débil. Me recriminé, ¿Por qué no podía simplemente fortalecerme? Cada vez que terminaba de escalar me juraba a mi misma que nada me haría volver, que nadie me obligaría a entrar...y allí estaba nuevamente.

—Estuve viéndote por la cámara de seguridad—comenzó diciendo—, que no paraste de llorar en un buen rato—me dijo—. ¿Estás bien?

La miré con vergüenza, como si hubiese hecho algo malo. Quizás me sonrojé de enojo contra mi misma.

—Lo siento—dije despacito, como ese tic maniaco de decir “lo siento” cuando algo va mal por mi culpa.

—¿Quieres agua?—me preguntó cambiando de tema.

—Preferiría quedarme en el andén, me gusta mirar como pasan los trenes—le dije sin pensar mucho que podía ser mal interpretada.

Me miró con las palabras en los ojos, con el reproche que no salió de su boca. Las lágrimas salían aun de mis ojos, sin querer mío pero sí con el de mi alma.

—Vamos—dijo mientras se paraba con una sonrisa—, tomas agua y te devuelvo acá mismo.

Acepté, para que se diese cuenta que no quería tirarme a la linea del tren...no estaba en mis intenciones en lo absoluto. Me levanté y me mareé. Olvidé por un segundo dónde estaba y quién tenía mi brazo, se sintió en el paraíso. Caminé con ella en silencio hasta las escaleras.

—¿Qué pasó?—preguntó cuando salimos a la boletería del metro. Yo bajé el rostro y mordí mis labios más fuerte—si quieres puedes contarme, de vez en cuando desahogarte con un desconocido es bueno—agregó mientras buscaba a su jefe.

Me mordía los labios para dejar de llorar, pues había gente arriba, mucha gente.

—¿Y qué te pasó, niña?—me preguntó una voz masculina con cierto cariño y cuidado.

—Algunas problemas—dije sin mucha lógica, como si las palabras no saliesen de mi boca.

—¿Problemas en la universidad?—me dijo.

—También—le dije yo, sin poder decir mucho más.

Hizo un ruido con su boca. Un bufido.

—¿Cuántos años tienes?—me preguntó.

—20—murmuré intentando componer una sonrisa.

—¡Tan joven y con esa carita de pena!—me dijo—tienes otros 40 años para estudiar, trabajar y sacarte la cresta para mantenerte en esta vida—agregó como consuelo.

Yo sólo lo miré y sonreí.

—Aparte, mañana es viernes—dijo—. Sale con tus amigos, carretea un poco, vive—sugirió y aquella idea me hizo pensar en mi casa.

No deseaba volver. La idea de que fuese viernes me traía a la cabeza la depresión que siento cada viernes en la noche, se me viene al recuerdo cada noche de viernes que he pasado llorando (y en peores circunstancias) por algo que no puedo controlar. Mi sonrisa se borró de nuevo y las lágrimas comenzaron a aflorar. Bajé de mi rostro y mordí mis labios para no sollozar.

Se dijeron algo entre ambos, palabras que no quise escuchar.

—Vamos a tomar agüita—me dijo la guardia mientras volvía a tomar mi brazo.

Subí las escaleras y llegué a una puerta cerrada. Antes de entrar se detuvo.

—Hace 3 años que saqué mi cuarto medio—me dijo—¿Cuántos años crees que tengo?—Me preguntó con una sonrisa.

—¿Treinta y algo?—dudé mirando su cara. Se veía sonriente.

—40 años—Contestó—. Tomé muy malas decisiones en mi vida, pero en ningún momento me rendí.

Y aquellas palabras se me quedaron. Abrió la puerta entonces.

—Entra en éste—me dijo mientras abría la segunda puerta—. Puedes tomar agua, llorar, quedarte aquí hasta que te sientas mejor pero no cierres la puerta con llave—agregó—. Estaré acá afuera cualquier cosa.

Un gran espejo cubría el baño y evadí mi reflejo como siempre. Me senté en el piso y tiré mi cartera a un lado. Me abracé y lloré como no lo hacía hace años, desde los siete quizás, cuando los sollozos fuertes no me importaban. No necesitaba de nada que ahogase el ruido, ni de la preocupación de que alguien me oyese.

Al rato comencé a trazar mi plan de escape. Cómo salir de aquel pozo, cómo dejar de sentir ese frío terrible que se me colaba por la espalda. Las lágrimas desaparecieron y me levanté.

Abrí la llave de agua y tomé un poco, mojé mis ojos hinchados y entonces en ese momento me decidí a mirarme al espejo. Supe que ese era el reflejo real de mi alma. Recordé con tristeza el placer bizarro que sentía al verme así, ¿dónde había quedado la auto compasión?

Salí del baño y ahí estaba ella.

—Ya me siento mejor—le dije con una sonrisa muy cierta.

—¿Viste? Te ves más linda cuando sonríes—me dijo mientras salía y salíamos nuevamente al caos de afuera.

Yo sólo sonreí y la seguí entre la gente. Me dijo que la esperara en la entrada mientras le iba a avisar a su jefe que iba a dejarme al andén de vuelta. Lo hizo y abrió la puerta para encaminarme.

El andén estaba vacío, ni si quiera una persona esperaba el metro. Me sonrió y comenzó a hablarme de nuevo.

—Sabes, tengo una hija de 23 años. No quiso hacer la media y quedó embarazada. Se casó y ahora vive arrepentida por sólo tener octavo básico—algo en su voz me decía que la tristeza la invadía al hablar de su hija mayor—Más encima, tengo una chica de 17, también quedó embarazada—dijo con cierta frustración—. Cuando tenía tu edad tuve a mi primera hija y me hubiese encantado poder darle lo mejor a ella, haberle dicho que mi ejemplo no era el mejor...que no tenía que tomar el camino fácil...

La miré y sentí que las fuerzas de nuevo llegaban, quizás escalar no sería tan lento esta vez.

—pero no me hizo caso. Las decisiones fáciles tienen peores consecuencias, lo supe desde chica y me hubiese encantado estar haciendo algo más que esto. Pero acá estoy, esforzándome por seguir cada día.

Volví a mirarla y el andén se acababa ya.

—Yo nací con este defecto llorón—le dije sin tartamudear—, pero me esfuerzo por seguir porque sé que no todo en la vida es lágrimas—agregué—. Y si mi familia no me entiende, entonces quizás deba hacerme más fuerte y aguantar—Y aquello último se quedó en mi cabeza.

El tren comenzaba a llegar y la miré. Parecía ser alguien tan feliz. Quise decir qué era lo que me problematizaba tanto, qué era lo que me hacía llorar, pero las palabras no salieron...como no salen nunca.

El tren se detuvo y la miré por última vez.

—Gracias—le dije con una emoción que iba más allá de la gratitud por el agua.

—Cualquier cosa, ando por acá—me dijo y se despidió de un beso.

Gracias repetí en mi cabeza mirándola, como si algo de ella me hubiese dado la fuerza para llegar a casa.

viernes, 10 de abril de 2009

La sepultura




La sepultura

Camino por las calles con desquiciada frugalidad, como si previese la maldad que me rodea y pudiese sentir las trampas del pesimismo entre mis pasos. Mis pies se arrastran por el cemento y el ruido pareciese estar aquejado con su voz quebradiza. Me han pedido que vaya a tu casa: aquella que está construida desde antes que nacieras, y estando tú dentro, La Muerte te encierra.

Voy caminando hacia tu sepultura. El pasto y la hierba entorpecen mis pies. Sí, resbalo muchas veces por el camino y caigo. El sol está decaído, pienso retraídamente. Sus exhalaciones se ahogan entre las vaporosas nubes grises, y es ahí en donde puedo sentir su grandeza tétrica abrazándome con complicidad.

Me han dicho que La Muerte te ha secuestrado; que aquella muchacha irrespetuosa te ha golpeado hasta que te rendiste. Me han dicho que te has rendido: que te has ido. No consigo creer semejante improperio.

Muerto, ¿es acaso aquella palabra la causante de todo? ¿Eres ahora compañero de La Muerte? Después de todo, llevas su malévolo apelativo. Estás muerto, me dicen.

Desapareciste un ocho de marzo; once semanas exactas desde que te acaricié por última vez. Estamos a veinticuatro de mayo; once semanas desde la última vez que mis ojos trémulos te miraron. Setenta y siete días exactos han pasado desde tu desaparición. Todos se preguntan el porqué: el por qué no lloro, no sufro o me veo melancólica.

Es por eso que me han enviado aquí. Han adquirido para mí un ramillete de rosas no arrulladas por color alguno. Blancas, tan blancas que se parecen a La Muerte.

Mis manos estrangulan las ramas llenas de puntas y puedo sentir aquellos aguijones rompiendo mis manos. Sólo es sangre, murmuro mientras me voy acercando a tu hogar. ¿Tendrás una vasija allí para guardar mis flores?

Mis ojos anticipan la horrorosa visión de tu cuerpo pudriéndose. Mi imaginación se centra en ti y La Muerte, fornicando en tu habitación. Me lastima el corazón en pensar en que ya no me quieres.

¿Es así, amor mío?, pienso con malestar al llegar a tu número, a tu dirección: a tu casa. Tu hermoso nombre adorna aquella piedra en el suelo.

—Veintitrés de Abril de mil novecientos ochenta y siete—leo la primera línea de tu sepultura—, al ocho de marzo del dos mil nueve—. Termino leyendo entre susurros ahogados.

Los números están ahí. Tu nombre está allí. El verdor, el ambiente, el sol enfermo y el tiempo afanoso están ahí. Todo está allí, excepto tú.

Los huesos, filamentos y las carnes internas se doblegan y caigo de rodillas. Mis brazos extendidos sostienen mi cuerpo del desmayo. Mis manos se hielan al palpar aquella impávida lápida. Mis dedos se enroscan con desesperación y mis nudillos emblanquecen. Mi rostro cae en tierra y la espantosa desesperación me agobia.

Setenta y siete días sin ti caen sobre mis espaldas y mis fuerzas se escabullen por los ojos. Mi mente trabaja desesperada, sintiendo la verdad llegando a mí.

Setenta y siete días sin tu amor. Once semanas sin llorar.

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