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jueves, 10 de octubre de 2013
Acerca de un pesadilla repetida
Nunca nadie sabe cómo llega a un sueño y, en mi caso de las pesadillas, sólo sé que vengo de algo rutinario y común en mi día. Yo todos los días tomo el metro desde el instituto a casa.
Esta vez quizás no recuerde cómo empezó todo, pero sé que iba en el metro y de repente abren las puertas y siento que ya me debo bajar. La estación del metro, de repente, se me hace ajena. Miro el metro para saber si por lo menos realmente iba en un metro. Cuando me doy vuelta me percato que iba en un tren antiguo y que había llegado a una estación de trenes dorada.
El anden caía como resbalín hacia abajo y se entrecruzaba. El piso era de madera brillante y pulida en exceso y, sin moverme aún, veía cómo la gente se resbalaba y comenzaba a deslizarse hacia abajo. Algunos chocaban con otras personas y otros simplemente desaparecían. Yo llevaba mi mochila en la espalda y me la saqué. Decidí que, para evitar caerme mas adelante, lo mejor sería sentarme y deslizarme. Me puse la mochila arriba de las piernas y comencé a descender rápidamente por el andén.
Veía que mucha gente que estaba de pie tenía en sus zapatos restos de cosas. Algunos tenía bolsos rotos, libros, ropa enrollada y yo pasaba por el lado mirando atentamente. En un momento siento que mi mochila se resbala de mis manos y veo cómo empieza a caer rápidamente por el anden. A pesar de haber muchas personas detenidas de pie, mi mochila no chocó en ninguna. Sin pensarlo mucho me impulse y decidí tomar más velocidad.
Me percato que ahora en los pies de la gente yacen enrollados cuerpos de personas que chocaban. Tras el impacto siento miedo e intento frenar, pero no lo consigo y al siguiente momento me estrello contra una persona de aspecto cadavérico que estaba a un lado del anden acostado. Era un anciano grande y huesudo con aspecto moribundo. Al momento del impacto mi cuerpo queda enrollado en el de él.
Cuando intento liberarme el moribundo abrió unos ojos gigantes y me miró fijo. Yo aterrada intento separarme de él.
Cada vez que intentaba levantarme del piso me resbalaba y sentía que mis piernas fallaban. Me arrastré entonces hacia el borde del anden y me levanté.
Con el corazón oprimido y asustado intenté subir nuevamente. El piso de madera brillaba en ascenso como una pared imposible de traspasar. Daba tres pasos y volvía a resbalar, veía mi cara en el piso y ciertamente no era yo, no era mi cuerpo, no era mi ropa. Quería salir. Me levantaba una vez más y observaba el anden.
En los bordes habían empotrados mausoleos y las paredes eran como de cementerio. Había muchas estatuas que se desparramaban en el anden hacia abajo. Estatuas de gente en pie que miraba hacia los rieles del tren. Un tren de madera llegaba y tiraba en el anden cadáveres que yacían de maneras amorfas junto a las estatuas plomas.
Decido afirmarme de la pared para subir y comienzo una cansadora escalada. Camino y camino y sé que no debo detenerme.
No me detuve más.
viernes, 25 de enero de 2013
El odio habita en mis ojos, tras bastidores y sin ser notado por extraños. Sucumbe al escuchar desconocidos residiendo mi mirada y reaparece ahora. Tortuoso me susurra armonías sombrías y mis ideas fúnebres reviven del polvo, danzan lúgubres, aterradoramente vívidas hacia mí. Me vomitaría a mí misma, mi odio se repudia así como mi alma repudia mi cuerpo. No hay paz en los silencios, sólo poesía que no debiera salir jamás…
Este es mi odio, ahora, ardiendo en las cicatrices que tanto deseo olvidar en compañía de otros. Agente que en las sombras de mi propio reflejo me ataca, me marca la piel como señal de pertenencia. Aquel odio me habita en los recuerdos, me posee en noches como estas y creo ser el licántropo sin luna para vivir, el aullido solitario que se escucha con temor, el monstruo natural que ataca…que envenena.
martes, 27 de noviembre de 2012
Recuerdos
El gusano inmortal y tacaño se nutre de mí ahora, de la miseria estoica de mi estómago y de las penumbras aterradoras de mis ojos. Vive, se arrastra con la elegancia de la venganza adentrándose fría y mortífera, se sonríe alegre y carcajea con naturalidad. Le siento gelatinoso y repulsivo en mi corazón. Decaigo y su figura engorda con curvas llenas de gula, blancura manchada de sangre que ya no reconozco como mía.
No sale y sólo se mueve contraído, revuelto en roña que llamo recuerdos y que invoco voluntariamente. No hay olvido, no hay perdón.
domingo, 19 de agosto de 2012
El arte es largo y el tiempo corto
Vergüenza, es ese
silencio amargo que se posa en mi garganta, de vivir supongo o de
mirar mi reflejo en las paredes luminosas. Abro mis ojos y los obligo
a mirar la caricatura absurda de mi misma en el espejo, rostro
tormentoso que guarda mis secretos.
Desvío mi mirada de
beldades que caminan a la luz del día, con fascinación observo el
fetiche destinado a la belleza de la gente. Algo bello es algo que no
es impuesto por nadie, lo particular, lo excepcional: es el rasgo
único de la costumbre visual. Percepción. Miro con mi sonrisa que
se esfuma, aquella que se torna amarga y sigo sin entender.
Observo sus rostros
armónicos, cabellos lacios o sus cuerpos proporcionados. Mantengo mi
sonrisa para escuchar el comentario. Lo bello no es sino promesa
de la felicidad, dijo una vez alguien con una verdad que ni los
poetas en su fundación se atrevieron a decir tan directamente. Lo
bello, lo sublime de aquel presente que todo hombre ve.
Veo y escucho de
mujeres hermosas, de presencias angelicales que crean pausas en las
realidades visuales de la ciudad. No me puedo sonreír ante el
fetiche a lo bello general, a quienes fueron musas de artistas que
jamás se adaptaron a la modernidad. Puedo mirar con alegría insana
hasta cierto punto y con profunda tristeza por el otro.
No todas las féminas
nacimos para inspirar, para ser musas de la belleza sublime ni
tampoco para ser observadas. Solitario papel juegan algunas, mirando
con angustia y vergüenza la admiración que se produce por otras;
admiración que invade a quienes quieren, a ese alguien que debiera
mirarlas como la belleza particular que son. Absurdos juegos de
palabras, absurdos presentes, absurda sociedad.
Quisiera hablar de mi
caso, pues al ser estas mis palabras, me es imposible no sentir
vergüenza. Lo reconozco, con el corazón contrito, pues como lo dije
al principio, el espejo para mí es una mala forma de mostrar mis
defectos. En cuanto me paro en frente me es imposible no pensar en
las musas renacentistas o en aquel brindis por la belleza que nunca
creí tener. No la tengo. Me es imposible, a su vez, que no me duela
escuchar o ver la admiración por lo general...por aquellas poesías
y múltiples expresiones de arte que nos han inculcado aquel gusto
monstruosamente recriminatorio de nuestros padres occidentales,
aquel parasitismo por las ideas ajenas.
Me detesto entonces,
porque no soy capaz de eliminar por completo esa parte de mí. Esos
recuerdos angustiosos donde me recriminaba, donde otros se burlaban
por mi falta de belleza clásica, por mi falta de belleza en
absoluto. Las palabras quedaron ahí, astillosas, recordándole al
reflejo de mi cara que aquellos rasgos jamás inspirarán nada, ni
siquiera un amor.
Y sin embargo
Baudelaire se mantiene en mí, con sus beldades poco convencionales y
con sus versos a la belleza moderna. Siguen sus palabras ahí,
dedicadas a una percepción que trasciende más allá de la vida
cotidiana en la ciudad. Ojos que vieron el mundo en otros colores,
que pintaron con pasión las curvas imperfectas de una mujer y
supieron ansiar el toque hermoso de un ser, de un individuo
particular a la vez...de aquella belleza pura que jamás podremos
describir.
El arte es largo y
el tiempo corto.
martes, 14 de agosto de 2012
Caras
Pienso historias de un mundo, de un sueño que no describo, de dolores que no han pasado. Pasados, tristes y finales, de personas que han estado ahí. Las caras de quienes me han hecho daño sólo es una, amorfa y perfecta. Es la misma sonrisa simplona y los mismos ojos altaneros, aquella mirada es exacta y todo se reduce a un solo par de ojos gigantes.
Recuerdo las voces de quienes jamás estuvieron en mí, risas muertas en bocas magulladas. Sonrisas que no aparecieron, fuerzas que se esfumaron antes de estirar los músculos. Es mi boca, mi sonrisa que jamás salió frente a esos ojos. Ira, rabia...frustración. Rabia.
Se repite todo, como un sucio Deja vu, como si el mismo recuerdo se devolviera una y otra vez. Mismo rostro mezclado que me insulta...que me recuerda mi posición. Supongo que son sus ojos, tan soberbios y altaneros, llenos de un placer extraño: el sabor agradable de no ser yo.
Ya no está el rostro, sólo es el mío, sólo son mis ojos y mi voz. Soy yo quien me insulta...
martes, 26 de junio de 2012
Miedo a estar solo
Estar
solo es lo peor que le puede suceder al ser humano, incluso al menor de
éstos. Los seres humanos son seres sociables, llenos de palabras para
expresar, de gestos y de sonrisas. Los seres humanos son seres creados
para amar y ser amados. Muy pocos entienden la importancia de las
personas a su alrededor, son tan soberbios que no agradecen la
existencia de otros seres.
Los
seres humanos si saben del terror de estar solos, pero no por toda la
eternidad, ni siquiera entienden este concepto. Me recorre un escalofrío cada vez que
pienso en aquel planeta.
Estudiar
a estos seres es un trabajo de siglos e introducirse en el mundo
interno de un ser humano es imposible. Nada puede traspasar aquella fina
tela que separa al hombre de la inmundicia en la cual vive.
Los
hombres son personas solitarias ya que sus pensamientos no se unen,
dado que sus corazones laten de forma dispar y debido a que sus
actitudes demuestran distintas cosas. Los seres humanos viven encerrados
en su burbuja de tal forma que logran escuchar al silencio y a la
soledad susurrando canciones para dormir.
No
logran ver nada, ni tampoco escucharse entre sí. Ellos viven día a día
representando una obra teatral. Representando su papel de “hombre que
escucha” o de “hombre que ve”, sonriéndose entre ellos y hablando temas
que cambiarán al mundo. Los hombres son unas pobres criaturas que tienen
oídos y no escuchan nada, que tienen ojos y no ven, que tienen ideas
pero no las dicen.
Es
de aquel modo como coexisten, de manera tan superficial que nadie logra
derrotar la soledad del otro, que nadie sale de su propia burbuja para
conocer a otro. Ellos detestan La Soledad, pero sobre aquello, ellos detestan estar solos consigo mismos.
Los
hombres tienen mente propia que les recuerda su propio aislamiento, que
imita el sonido del reloj y que tortura la conciencia. Ellos sienten
temblar sus cuerpos, sienten la falta de aire en sus pulmones y sienten
las lágrimas saliendo por sus ojos, pero también pueden sentir la
necesidad oculta de protegerse y de ocultar la verdad, y es por eso que
el resto deja de existir.
Ellos
son seres fríos, que no critican su propio ser o su raza, que no
abrazan al desvalido o que abren sus corazones. Los hombres se protegen y,
al protegerse, La Soledad les invade; junto con La Locura; junto con La Muerte; y junto con un sin fin de problemas que los hunden.
A
los hombres no les gusta estar solos y es por eso que muchos destrozan
su burbuja e intentan sentir el calor de quienes los rodean. Hay
incontables personas que destrozan su protección y se mantienen
expuestos a cuantiosos dolores, a excepción de La Soledad. Ellos sonríen y ven las cosas tal cual son.
El
resto de las criaturas miran aquella raza en decadencia, en donde cada
vez son menos lo que rompen su protección, y lloran por los hombres. Los
dioses lloran sobre el mundo al ver aquello.
Pero
hay hombres que son felices, se debe agregar. Hay hombres que saben de caridad y de
amor. Hay hombres que no están solos, que tienen a otros hombres a su
alrededor. Hay seres humanos tan gloriosos que la blancura brota desde
sus corazones, que sus sonrisas rompen las protecciones de otros
hombres.
lunes, 25 de junio de 2012
III
Dicen que los versos hablan vidas,
pues mi silencio es la estrofa favorita,
el tiempo intermedio en el compás,
aquella astilla enterrada,
el nudo tormentoso del recuerdo,
este dolor que no se me va...
Mi corazón agoniza entre las olas,
marginado se revuelca en el salar...
Rasga el papel con desesperación
¿Será acaso ésto una frase de humillación final?
Pues De verso en verso,
de lágrima en grito;
de llantos en saltos,
es un acertijo que ya no logré descifrar
—mis tiempos mal nacidos
o malnacida soy en el tiempo—
Dicen que los versos hablan vidas,
te lo digo, este es mi verso en tus oídos,
esta es mi lengua escondida,
estos son mis llantos perennes.
Este está es mi mudez, repito como siempre,
una inexistencia interrumpida,
sonidos de ángeles en oídos humanos:
Mi tristeza, sucia e indeseable,
gritos que no salen, palabras que no se escriben,
"socorros" que jamás se encendieron...
mi corazón encerrado en el vacío,
entre dos cuerpos unidos,
entre carnes que no se separarán jamás.
domingo, 8 de abril de 2012
Ojos
Las manchas en mis ojos no son más que
pedazos de oscuridad poseyendo mi vista, defino ahora sin tapujo
alguno.
Las he contemplado hoy frente a un
espejo, segundos interminables en los cuales no dejaba de mirarlas e
incriminarlas en silencio. Pequeñas gotas oscuras de palabras no
dichas y de lágrimas que se secaron ahí, que se extinguieron al
nacer...mares muertos en cinismo premeditado.
Las veo ahora, arraigándose con fuerza
a mis dolores; pujan y pujan con sus pequeños filos;
extraen...extraen sin cuidado alguno las puertas, las cadenas, los
candados y cualquier seguro puesto ahí por mí, para mí. Les veo
entonces incitando mis llantos, presionando mis lagrimales y
carcomiendo mis párpados.
Siento el asco de la vida subiendo,
trepando por mis entrañas hasta llegar a la cumbre de los martirios,
la compuerta de toda alma marchita. Entonces mis ojos se rinden, mi
alma eleva un ruego mudo.
Lágrimas cálidas se deslizan por
entre mis párpados. La negrura de décadas continuas de dolor se
disuelven en goteos interminables, insaciables, en llantos
desgarradores que no concluyen en nada. Veo ahora en mis ojos la
blancura que debiera estar ahí, mi iris oscura y mi pupila dilatada.
Ahí está todo. Ya nada grita, ya nada mancha, ya nada existe ahí.
Mis ojos...
miércoles, 25 de enero de 2012
Vomitar el alma
Vomitar el alma
Madrugada de un nuevo año, de las
vísperas de las decisiones a futuro, de el si o el no. Nuevo año y
aquí me encuentro. Viendo los segundos pasar y el cansancio
pegándose una vez en mi alma. Comienza el tiempo a correr una vez
más y sólo me pregunto cuánto tardaré esta vez en echarlo todo a
perder dentro mío.
Desde que tengo me memoria soy capaz de
razonar, de analizar cada pensamiento que se me aparece entre mis
pesadillas. Temía a la oscuridad, no podía dormir por las noches
pensando que algo negro se apoderaba del ambiente...ahora me doy
cuenta que lo es todo. La oscuridad, noche tras noche se fue pegando
a mi entrañas, entre mis párpados, en la punta de mis dedos, en mi
boca. Poco a poco puedo comprobar pequeñas manchas de inmundicia en
mi ser entero. Suciedad que pesa, que rasguña y quema; lo hace todo
a la vez sin reproche alguno, sin recibir quejas ni sobornos.
Temía a que me abandonaran, no podía
vivir pensando que la gente a mi alrededor desapareciera...pero ya lo
hace. El sentimiento de perdida fue genuino las primeras veces, lloré
sin consuelo alguno por mis primeras pérdidas. Incluso prometí no
aferrarme mucho a nada, no tener un principio y por ende no habría
final, pero no resultó. Sigo queriendo, sigo necesitando del
consuelo ajeno, sigo buscando ese afecto perfecto y es por aquella
razón que sigo perdiendo. Soy la desesperada de las palabras, las
que todo lo tuvo y todo lo perdió.
Solía sentir pánico cuando pequeña.
Muchas cosas me producían dolor: que mi madre me mirase con aquel
rostro de decepción y que mi padre llorase por mis culpas, producir
problemas, producir discusiones...quería cambiar todo lo malo que
estaba en mí, pero no lo logré. Sigo decepcionando a mis padres,
sigo produciendo problemas y discusiones. Y cuando comienzo a razonar
sobre lo que hice para mejorar aquella situación, me doy cuenta de
que no hice nada...que me quedé hundida en mí misma. Me duele y el
dolor me produce miedo, pánico porque no sé cuánto durará...cuánto
tardará en marcharse.
Cuando los años fueron pasando, sólo
fui capaz de hacerle frente al tiempo y decirle que me dé una
oportunidad y desde la primera vez que lo hice ya van 17 fallos y 18
nuevas peticiones al tiempo.
Deseo entonces, no vomitar esta alma.
Mi alma se envejece y muere, tras morir vienen las nauseas
inexplicables o, mejor dicho, la sensación de tener algo muerto
dentro mío. Y simplemente la disuelvo, primero con pequeños
espasmos de pensamientos suicidas abruptos y luego un torrente de
lágrimas que terminan por sacarlo todo afuera. En esos días no
siento nada, soy como un cadáver sin luz dentro, sin brillo en los
ojos...sin sombra siquiera.
Y entonces aparece nuevamente.
El tiempo me da la oportunidad una vez
más. Comienzo a respirar y a equivocarme una vez más. Muchos lo
llaman Depresión Mayor, yo lo llamo perder el alma.
miércoles, 12 de octubre de 2011
Ese sueño romántico que nunca fue...
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Y aunque nada
existiese, aunque nadie sintiese...aun cuando todo fuese tan confuso
y hostil, yo seguiría anhelando algo más allá de lo que me pueden
dar, más allá de lo que alguien está dispuesto a dar. No quiero la
humanidad, el raciocinio clarividente del humano.
No quiero frases,
no quiero palabras, no quiero acciones: quiero pensamientos. Quiero
estar dentro, entrelazada, profundamente adherida a una persona y que
esa persona pudiese hacerme sentir suya. No quiero estar fuera nunca
más, ni tampoco sobre...quiero estar en las entrañas, en la sangre,
en cada célula ¡En cada respirar!
lunes, 3 de octubre de 2011
Pesadillas medianas
El sueño de la razón produce pesadillas, dijo Goya una vez.
El racionalismo desnuda la realidad a tal punto que encrudece todo lo potencialmente bueno de este planeta. Cada acción está razonada por pensamientos previos, por historias previas e incluso por impulsos previos. Todo está, maquiavélicamente predispuesto para nosotros.
El sueño de la razón trae a la vida a nuestros monstruos del pasado y a nuestras inquietudes del presente. Soñar el raciocinio puro es ver el miedo en primer plano, acercarse a él, temerlo y no salir corriendo; es oler y respirarlo y no cerrar los ojos.
No cerrar los ojos nunca y tener pesadillas con los ojos abiertos.
El sueño de la razón produce pesadillas y las pesadillas no son más que concentración de miedos e inseguridades que no logramos expresar a través de nada.
Tengo miedo a despertar y que nada haya sido verdadero, que las palabras dichas no sean ciertas y que los afectos creados sean ilusiones.
El sueño de la razón produce monstrous...
El sueño de la razón me produce a mí, a ti y a quién quiera serlo.
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