Yo no sé porqué sucedió, quizás por
un exceso de palabras mal dichas y por un exceso de control de
sentimientos en contra.
Hay días en que soy tan feliz, que
cuando llega la noche sé que es hora de volver al mismo problema de
siempre. Es en esos días de caída cuando me siento absolutamente
sin nada, como si lo segundo arrebatase mi felicidad y aquellas ideas
de plenitud no hubiesen existido jamás.
Eso me pasó hoy, cuando regresaba a
casa. Una llamada bastó para que volviese al mismo pozo de donde
había logrado escalar. Caí entre las paredes y golpeé mis brazos,
mis piernas ante la estreches de aquel lugar. Las piedras que
construyen aquel pozo, porque no hay otra figura física que pueda
definir mi lugar inicial, se van ampliando hasta el final, dejándome
inmovilizada en el agua fría. Conozco ese lugar, conozco esas
piedras que intento escalar cada vez, y conozco el dolor de la caída.
El agua se siente más fría cuando
vuelvo, como si el calor del sol me recordase que el subterráneo
oscuro al que caigo no es mi lugar. Lo sé ahora, pues antes sólo me
dedicaba a decir “no hace frío”, intentando sin fuerzas que mis
dientes no castañeasen y la desesperación no llegase tan rápido a
mi cuerpo—si lograba mantenerme en calma entonces podía flotar en
el agua días, meses o años sin ahogarme y aquel pensamiento lo era
todo. Contrólate y controlarás el frío.
Sentí que caí y sentí las nauseas
inevitables. Me senté en las sillas del andén del metro, esperando
el tren que me llevase a casa. Las ideas llegaban a mi cabeza, las
palabras dichas alborotaban mis lágrimas y sin siquiera planificarlo
comencé a llorar.
Aprendí que llorar fuerte y tendido
ante la idea del pozo no sirve de nada, es más simple dejar salir
lágrimas sin rostro de aflicción y sin desesperación.
Pero no pude hacerlo.
Lágrimas salieron y luego sollozos.
Intentaba cubrir aquella aflicción, pues bajar al pozo por la cuerda
es diferente a arrojarse hasta reventarse en el agua.
No me importó la caída, ni los
dolores que después vendrían, ni el resentimiento a volver a
sonreír. Sentí que era lo correcto en ese caso, pues la
satisfacción de volver a huir sería suficiente para mí. Muchas
veces me he mirado al espejo y he comprobado con renuencia que mi
rostro no refleja el alma turbada que llevo dentro, no refleja el
asco por la debilidad y la sumisión.
Quizás pasó más tiempo del que debía
y quizás mis miradas trémulas hacia el tren fueron interpretadas
del modo equivocado. No deseaba suicidarme. La muerte culposa es
indefinida, es certera y demasiado larga para mí. El suicidio dejó
de ser parte de mis planes desde hace años, pues aprendí que es
dormirse dentro del agua helada, congelándome ¿Qué parte buena
tiene ese plan comparado con la luz solar y el calor exterior?
Alguien se me acercó. Limpié mis ojos
y comprobé que era uno de los guardias del metro. Me volví a
limpiar los ojos e intenté ensayar mi mejor sonrisa de “estaré
bien”, mueca que se desfiguró en mi rostro y sólo quedó la
aflicción inicial.
—¿Puedo ayudarte?—me
preguntó la voz femenina mientras se sentaba al lado mío.
Yo la miré nuevamente e
intenté decir que ya estaba mejor, pero las palabras no se modularon
en mi boa y sólo salió un tartamudeo.
—¿Me puedo sentar?—dijo
ya sentada.
Me sonreí y aquel atisbo de
alivio me secó las lágrimas por un rato.
—Yo..yo voy ha estar
bien—murmuré, balbuceé, tartamudeé contra las lágrimas.
Sentí su mirada en mí, la
lástima terrible que debí darle y me sentí débil. Me recriminé,
¿Por qué no podía simplemente fortalecerme? Cada vez que terminaba
de escalar me juraba a mi misma que nada me haría volver, que nadie
me obligaría a entrar...y allí estaba nuevamente.
—Estuve viéndote por la
cámara de seguridad—comenzó diciendo—, que no paraste de llorar
en un buen rato—me dijo—. ¿Estás bien?
La miré con vergüenza,
como si hubiese hecho algo malo. Quizás me sonrojé de enojo contra
mi misma.
—Lo siento—dije
despacito, como ese tic maniaco de decir “lo siento” cuando algo
va mal por mi culpa.
—¿Quieres agua?—me
preguntó cambiando de tema.
—Preferiría quedarme en
el andén, me gusta mirar como pasan los trenes—le dije sin pensar
mucho que podía ser mal interpretada.
Me miró con las palabras en
los ojos, con el reproche que no salió de su boca. Las lágrimas
salían aun de mis ojos, sin querer mío pero sí con el de mi alma.
—Vamos—dijo mientras se
paraba con una sonrisa—, tomas agua y te devuelvo acá mismo.
Acepté, para que se diese
cuenta que no quería tirarme a la linea del tren...no estaba en mis
intenciones en lo absoluto. Me levanté y me mareé. Olvidé por un
segundo dónde estaba y quién tenía mi brazo, se sintió en el
paraíso. Caminé con ella en silencio hasta las escaleras.
—¿Qué pasó?—preguntó
cuando salimos a la boletería del metro. Yo bajé el rostro y mordí
mis labios más fuerte—si quieres puedes contarme, de vez en cuando
desahogarte con un desconocido es bueno—agregó mientras buscaba a
su jefe.
Me mordía los labios para
dejar de llorar, pues había gente arriba, mucha gente.
—¿Y qué te pasó,
niña?—me preguntó una voz masculina con cierto cariño y cuidado.
—Algunas problemas—dije
sin mucha lógica, como si las palabras no saliesen de mi boca.
—¿Problemas en la
universidad?—me dijo.
—También—le dije yo,
sin poder decir mucho más.
Hizo un ruido con su boca.
Un bufido.
—¿Cuántos años
tienes?—me preguntó.
—20—murmuré intentando
componer una sonrisa.
—¡Tan joven y con esa
carita de pena!—me dijo—tienes otros 40 años para estudiar,
trabajar y sacarte la cresta para mantenerte en esta vida—agregó
como consuelo.
Yo sólo lo miré y sonreí.
—Aparte, mañana es
viernes—dijo—. Sale con tus amigos, carretea un poco,
vive—sugirió y aquella idea me hizo pensar en mi casa.
No deseaba volver. La idea
de que fuese viernes me traía a la cabeza la depresión que siento
cada viernes en la noche, se me viene al recuerdo cada noche de
viernes que he pasado llorando (y en peores circunstancias) por algo
que no puedo controlar. Mi sonrisa se borró de nuevo y las lágrimas
comenzaron a aflorar. Bajé de mi rostro y mordí mis labios para no
sollozar.
Se dijeron algo entre ambos,
palabras que no quise escuchar.
—Vamos a tomar agüita—me
dijo la guardia mientras volvía a tomar mi brazo.
Subí las escaleras y llegué
a una puerta cerrada. Antes de entrar se detuvo.
—Hace 3 años que saqué
mi cuarto medio—me dijo—¿Cuántos años crees que tengo?—Me
preguntó con una sonrisa.
—¿Treinta y algo?—dudé
mirando su cara. Se veía sonriente.
—40 años—Contestó—.
Tomé muy malas decisiones en mi vida, pero en ningún momento me
rendí.
Y aquellas palabras se me
quedaron. Abrió la puerta entonces.
—Entra en éste—me dijo
mientras abría la segunda puerta—. Puedes tomar agua, llorar,
quedarte aquí hasta que te sientas mejor pero no cierres la puerta
con llave—agregó—. Estaré acá afuera cualquier cosa.
Un gran espejo cubría el
baño y evadí mi reflejo como siempre. Me senté en el piso y tiré
mi cartera a un lado. Me abracé y lloré como no lo hacía hace
años, desde los siete quizás, cuando los sollozos fuertes no me
importaban. No necesitaba de nada que ahogase el ruido, ni de la
preocupación de que alguien me oyese.
Al rato comencé a trazar mi
plan de escape. Cómo salir de aquel pozo, cómo dejar de sentir ese
frío terrible que se me colaba por la espalda. Las lágrimas
desaparecieron y me levanté.
Abrí la llave de agua y
tomé un poco, mojé mis ojos hinchados y entonces en ese momento me
decidí a mirarme al espejo. Supe que ese era el reflejo real de mi
alma. Recordé con tristeza el placer bizarro que sentía al verme
así, ¿dónde había quedado la auto compasión?
Salí del baño y ahí
estaba ella.
—Ya me siento mejor—le
dije con una sonrisa muy cierta.
—¿Viste? Te ves más
linda cuando sonríes—me dijo mientras salía y salíamos
nuevamente al caos de afuera.
Yo sólo sonreí y la seguí
entre la gente. Me dijo que la esperara en la entrada mientras le iba
a avisar a su jefe que iba a dejarme al andén de vuelta. Lo hizo y
abrió la puerta para encaminarme.
El andén estaba vacío, ni
si quiera una persona esperaba el metro. Me sonrió y comenzó a
hablarme de nuevo.
—Sabes, tengo una hija de
23 años. No quiso hacer la media y quedó embarazada. Se casó y
ahora vive arrepentida por sólo tener octavo básico—algo en su
voz me decía que la tristeza la invadía al hablar de su hija
mayor—Más encima, tengo una chica de 17, también quedó
embarazada—dijo con cierta frustración—. Cuando tenía tu edad
tuve a mi primera hija y me hubiese encantado poder darle lo mejor a
ella, haberle dicho que mi ejemplo no era el mejor...que no tenía
que tomar el camino fácil...
La miré y sentí que las
fuerzas de nuevo llegaban, quizás escalar no sería tan lento esta
vez.
—pero no me hizo caso. Las
decisiones fáciles tienen peores consecuencias, lo supe desde chica
y me hubiese encantado estar haciendo algo más que esto. Pero acá
estoy, esforzándome por seguir cada día.
Volví a mirarla y el andén
se acababa ya.
—Yo nací con este defecto
llorón—le dije sin tartamudear—, pero me esfuerzo por seguir
porque sé que no todo en la vida es lágrimas—agregué—. Y si mi
familia no me entiende, entonces quizás deba hacerme más fuerte y
aguantar—Y aquello último se quedó en mi cabeza.
El tren comenzaba a llegar y
la miré. Parecía ser alguien tan feliz. Quise decir qué era lo que
me problematizaba tanto, qué era lo que me hacía llorar, pero las
palabras no salieron...como no salen nunca.
El tren se detuvo y la miré
por última vez.
—Gracias—le dije con una
emoción que iba más allá de la gratitud por el agua.
—Cualquier cosa, ando por
acá—me dijo y se despidió de un beso.
Gracias repetí en mi cabeza
mirándola, como si algo de ella me hubiese dado la fuerza para
llegar a casa.

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