Busca en su cuello una cadena perdida, quizás la piedra
ámbar que solía descansar en el inicio de su esternón, la cadena opaca
que limitaba su escote. Deja aquellos dedos esqueléticos posados en su cuello
desnudo, protegiendo, abrigando la zona, se
acerca más hacia el vacío.Jadea.
Cierra sus ojos un momento y el viento vuelve a danzar entre
las hojas de los árboles, danza y canta con la celeridad de un allegro non molto que aturde una vez más
su sentido de pertenencia. El viento moldea las finas hebras de hojas de una
lado hacia el otro y el verdor varía, se opaca y se emblanquece ante el tacto
invisible de soplidos matutinos.
Siente la frescura golpeando su vestido, moldeando con aire
su cuerpo desnudo, marcando con detalle sus piernas y luego despeinando su pelo
largo. Liviandad es lo que siente y sus pies se elevan hasta quedar en
puntillas en el precipicio.
Respira profundo y descansa su cuerpo como un péndulo que se
mueve con energías externas, hacia adelante y atrás tentando la suerte hasta el
final. Abre sus ojos y se sonríe.
Vuelve a pasar la piedra parecida a resina por la cadena
delgada, definida de manera detallada en su memoria, y nuevamente la cierra
alrededor de su cuello.
Sólo lo haría una vez más, se prometió mientras sostenía su
cordura amarilla entre dos dedos, sólo una más.

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