sábado, 10 de noviembre de 2012
Repetidas veces
Mis pesadillas son irreales, son hechos o lugares que no existen; son acciones no vistas e incoherencias imposibles. Nada existe ahí. Voces, gritos, palabras, rasguños...nada. El terror de la razón al despertar es lo que me dice esto.
Sin embargo se sienten así, aterradoras desde arriba, reales mientras mantengo los ojos cerrados y amenazadoras en el momento de su nacimiento.
Esta fue una pesadilla que se me repitió una semana entera y que ya no se va de mi cabeza. Era la altura, nauseas; eran las personas abajo. Era yo, sentada arriba intentando equilibrarme.
Tenía la boca encintada y sólo podía ver. Yo me había encintado la boca al subir y no recordaba mi decisión, no se me venía a la memoria el recuerdo concreto sino sólo el sabor a pegamento en mi lengua.
Era la altura, abrumadoramente exagerada. Me veía a mi misma pendiendo de cadenas. Veía abajo y no recordaba mi decisión sobre las cadenas, no entendía cómo despierta había tomado la determinación de colgarme en altura y amarrarme la boca para no gritar.
Sabía que esas cosas las había hecho despierta, con los ojos puestos en la luz y con la mirada en mi propia conciencia. Me había encerrado, aislado, encadenado y silenciado. En mi pesadilla lo sentía así, como la traición de la razón una vez más dentro de mis sueños.
Despertaba al cortar las cadenas. Era el golpe en el polvo, en el suelo helado, glacial. Era mi mandíbula rota, desparramada. Era mi cuerpo desarmado y el miedo circulando por mis venas libre...irreverentemente libre.
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